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Muestra de artículos de opinión de miembros de la comunidad académica de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela. No constituye una página oficial de la institución.
Edita: Coordinación de Extensión FaCES-UCV. Director: Víctor Abreu. ¡Bienvenid@s!

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El mercado, el perro y la campana / Víctor Abreu

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El vocablo “mercado” parece provocar en algunos cierto sopor, cual acto reflejo de Pavlov, perro y campana mediante. Pero, cuando decimos “mercado”, ¿de qué estamos hablando? No por pocas razones, hoy en día prevalece la avasallante tendencia a identificar mercado con capitalismo. Aunque, si a ver vamos, los griegos y romanos de la antigüedad constituyeron sociedades profusamente mercantiles y, sin embargo, no fueron capitalistas. Ciertamente, el capitalismo es una economía de mercado, pero no la única que ha existido ni tampoco la única posible. Frente a la elementalidad de suponer que “mercado” es, apenas, el de Coche o el de Quinta Crespo, en nuestras escuelas de economía, quizás, hemos contribuido a “deshumanizar” el vasto y poderoso sentido de aquella manera de organizar la sociedad. En el otro extremo, el de la formalidad analítica, para fundamentar sofisticados -y no innecesarios en el nivel universitario- modelos explicativos, encontramos definiciones como: “El mercado es el lugar geométrico de los puntos del plano, etc., etc.”. Y a veces olvidamos indicarle a los estudiantes que el mercado es, ante todo, una manera de relacionarnos los humanos.

Cuando un individuo entrega “x” cantidad de su mercancía “A” a cambio de “y” cantidad de una mercancía “B” perteneciente a otro individuo, efectúa un acto que entraña una subjetividad muy especial. Supone, primero, que ambos sujetos del intercambio son propietarios de las mercancías “A” y “B” respectivamente; y segundo, que se reconocen como formalmente iguales. Como son iguales pueden negociar. Esta relación sólo es posible con las prácticas sociales mercantiles. No se da entre un faraón egipcio y sus esclavos, ni entre un señor feudal y sus siervos. Allí no hay negociación alguna, pues se trata de relaciones de sujeción, desiguales, de dependencia personal. No en balde, las dos grandes teorías del valor que ha dado el pensamiento económico moderno (la del valor-trabajo y la de la utilidad marginal), a pesar de sus infranqueables diferencias, coinciden en que el intercambio tiene que medirse y que debe ser equivalente, es decir de valores iguales. Si un individuo entrega a otro mayor valor que el que está obteniendo a cambio, verá menoscabada su propiedad y, en definitiva, su propia condición de individuo. Sin entrar en pormenores técnicos, lo que en el fondo se quiere preservar –en ambas teorías- es la equivalencia social de los intercambiantes.

El guerrero y el mercader- Esta equivalencia, incluso, sustenta la idea de justicia que la tradición jurídica llama “conmutativa”. El resultado de una negociación, el acuerdo de voluntades individuales, es el contrato, que no se restringe a la esfera económica sino que la trasciende. El mercado es mucho más que comprar y vender quinchonchos. Llega a fundamentar el sistema jurídico-político: contrato social, Asamblea Constituyente, Constitución. Como indica Bobbio, un instrumento del derecho privado (el contrato) se convierte en basamento del derecho público. En su libro postrero, Bobbio contrapone las personalidades del guerrero y el mercader. El guerrero es violento, arremete, impone, es autoritario. El mercader se entiende con el otro, negocia, acuerda, es democrático. Schumpeter había dicho algo similar: el burgués es anti-heróico.

Negociar, por tanto, no debería catalogarse de evento pecaminoso, como también lo aprecia cierta moda retro de algún repentino culto new age de comienzos de siglo. La riqueza subjetiva del “regateo” mercantil moderno ha sido puesta de relieve por notables historiadores como Braudel. Sólo pueden negociar los que se admiten como formalmente iguales, señalamos. Para los griegos, el negotium (trabajo) era asunto de esclavos. Quien disfruta del otium, el eximido del trabajo, es el hombre libre, el que puede dedicarse a la filosofía e involucrarse directamente en el curso de la polis. La modernidad, con John Locke a la cabeza, invirtió tal valoración. La propiedad partirá de la libertad. Nací libre porque nací propietario, al menos de mi cuerpo y mi persona, es decir no soy un esclavo. A partir de la propiedad de mi mismo, a través del despliegue de mis talentos y, sobre todo, de mi trabajo, puedo forjarme una propiedad sobre las cosas. Por tanto, el trabajo fundamenta la propiedad, y la propiedad fundamenta la condición de individuo libre y soberano. Pero… Locke también afirmó que él era dueño del trabajo de su criado. Entonces, su criado no tendría derecho de apropiarse del resultado de su esfuerzo… ¡Eso es capitalismo! El potencial liberador de la ideología liberal en sus inicios (frente a la tradición y los privilegios) se vería mediatizado por su compromiso con el capital, que rige las relaciones mercantiles modernas. A esto Marx lo llamó “explotación”, pero luego complicó las cosas con aquello de la transformación de los valores en precios. Como si la “explotación”, en tanto que relación de poder (extramercantil), puede ser “medida”, y sus legados son más ideológicos y políticos que económicos.

El asunto clave para pensar en una “sociedad justa” no es el “mercado” en general y la aversión que se cultive contra el mismo. El capitalismo (de caput, cabeza) le ha imputado al capital la responsabilidad social de dirigir el proceso productivo. En una genuina relación de equivalencia mercantil, el propietario de su talento y de su capacidad de trabajo podría, por ejemplo, negociar con el propietario de las maquinarias para que se las alquile, y no necesariamente atenerse obedientemente a sus dictados. Eso es algo fácil de decir pero sumamente complicado de llevar a cabo. Convertir a los excluidos y a los pobres en socios soberanos y equivalentes al resto, no se logra sin formación –sin engrosar su complexión subjetiva- y, menos aún, haciéndolos dependientes, ya no de otros hombres, sino del Estado.

Las tribulaciones de Dieterich. Si algo positivo podría tener lo que escribe –el aparentemente influyente- Dieterich es que ha desempolvado el interés por temas que habían sido apartados, como la teoría del valor. Pero su actitud naive lo hace incomprender el mismo planteamiento marxiano y embelezarse con modalidades primitivas como el trueque. Cree que el problema son las monedas y los billetes y no la relación social esbozada anteriormente (Marx llamó a esto “fetichismo”). El autor de El Capital  tampoco sostuvo que la cantidad de trabajo fundamenta el valor de las cosas. Marx habla de “tiempo de trabajo socialmente necesario”, de una media social relacionada con la productividad. Sorprende también el desdén del ideólogo alemán radicado en México por la “reproducción ampliada”, esto es por la acumulación. Pero, ¡¿a qué querrá referirse el señor Dieterich?! Para el propio Marx, hay dos alternativas de reproducir el sistema económico: la “simple” y la “ampliada”. En la primera no hay ahorro ni inversión. En cambio, la “reproducción en escala ampliada”, no es más que expandir la frontera de posibilidades de producción de la sociedad, período a período, mediante la introducción de innovaciones tecnológicas y el incremento de la productividad. En otras palabras: crecimiento económico. ¿Será el “socialismo del siglo XXI” un esquema de “reproducción simple”? ¡Así sí es verdad que vamos a salir de abajo! Pero, para más señas, Marx admiraba el enorme “desarrollo de las fuerzas productivas” desatado por el capitalismo. Sólo así, creía, podría concebirse su superación.

Igualdad y “consumismo”- Marx sabía que el capitalismo y el liberalismo trajeron consigo la difusión de la idea de igualdad y, precisamente, han tenido que lidiar con ella. En las sociedades tradicionales, la “pobreza” era asumida como “natural”, incuestionable. Empieza a verse como problema en la modernidad, como bien explica Agnes Heller. Con un genial argumento, Schumpeter refiere que Luis XIV, con todo y lo Rey Sol que fue, nunca pudo sustituir sus dientes cariados por una plancha, como puede hacerlo un ciudadano medio del tiempo contemporáneo. Más aun, si casi la única que podía usar medias de seda era la reina Isabel, hoy esas prendas están a la disposición de muchas chicas y señoras, gracias a la producción masiva y el abaratamiento de los costos. Pues bien, resulta que el condenado “consumismo” ha derribado las exclusividades de viejos órdenes. Imposible es echar a andar la máquina del tiempo hacia atrás, y sería muy útil que se nos explique cómo acometer la noble intención de incorporar a los pobres y excluidos a una sociedad de individuos soberanos, autónomos, independientes, libres e iguales, más allá de las bucólicas ideas del trueque y la reproducción simple, y más allá de la égida estatal. Y, claro está, sin una comprensión más consistente y rigurosa del mercado y del capitalismo.

vicbreu@gmail.com

06/03/2007 20:45 Autor: firmasdefaces. Tema: economía.

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