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FIRMAS DE FaCES


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Muestra de artículos de opinión de miembros de la comunidad académica de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela. No constituye una página oficial de la institución. Edita: Coordinación de Extensión, FaCES-UCV. Director: Prof. Victor Abreu.

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Los movimientos antineoliberales / Enzo Del Bufalo

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«Estos nuevos movimientos que concentran su atención en los efectos negativos de las políticas neoliberales, se reclaman vagamente continuadores de la tradición socialista, de la cual retoman los aspectos más reaccio-narios…». «…Ningún movimiento social que ofrece pan a cambio de poder es revo-lucionario.»

En los últimos años, los efectos negativos de la reestructuración neoliberal para impulsar la globalización como una manera de salir del estancamiento económico, ha impulsado en América Latina movimientos sociales que se dicen revolucionarios. Curiosamente el neoliberalismo que adversan constituye una especie de neoarcaismo puesto al servicio de la globalización. El neoliberalismo propone un debilitamiento del Estado en general y, por lo tanto, también del Estado nacional a favor de un reforzamiento del mercado capitalista y en esto expresa adecuadamente las necesidades del poder corporativo. Pero su “ideología” económica es arcaica, puesto que se apoya en la teoría económica neoclásica que explica el funcionamiento de un mercado puro que no tiene relaciones despóticas de ningún tipo y, por lo tanto, no es un mercado capitalista; es más bien la idealización de un mercado de feria medieval que nada tiene que ver con una economía monetaria de producción para el mercado. Sin embargo, esta identificación espuria del mercado puro de la teoría con el mercado capitalista real, ha servido para justificar la reducción de la intervención del Estado a favor de un mayor control del poder corporativo. Como se dijo anteriormente la confusión entre mercado puro y mercado capitalista no es nueva, el neoliberalismo se apoya en esto en una vieja tradición de la cual también es parte el movimiento socialista, el cual además, acepta la mistificación liberal moderna que concibe la propiedad pública del Estado como opuesta a la propiedad privada del individuo. Estos nuevos movimientos que concentran su atención en los efectos negativos de las políticas neoliberales, se reclaman vagamente continuadores de la tradición socialista de la cual retoman los aspectos más reaccionarios, como la creencia a la que hacíamos referencia de que la propiedad estatal es idéntica a la propiedad social porque el Estado es -a la manera de Rousseau- la voluntad de todos los ciudadanos. Esta que es la más grande de las mistificaciones liberales del siglo XVIII, porque reviste al antiguo déspota de un ropaje burgués, es retomada con nuevo énfasis por estos movimientos que le agregan una función de reivindicación nacionalista romántica -a la Hegel- y hacen del Estado la expresión de la libertad de la nación en cuyo seno colapsan todas las diferencias sociales, las jerarquías y sumisiones para dar origen a la mística pureza de la idiosincrasia que pone todas las diferencias afuera de sí misma. Bajo la espesa capa de este estiércol ideológico en el cual resuena el eco de la pureza de sangre de las viejas, muy viejas, sociedades de filiación y alianza y el de pueblo de las sociedades despóticas, la constitución material de los sujetos sociales que es la esperanza de la realización de la utopía muere sofocada.

Así pues este pequeño déspota idiosincrático local tiene la tarea de combatir al Goliat de la globalización. De ahí que la defensa de la propiedad del Estado se convierte en el signo preeminente del antineoliberalismo privatizador. Más allá de este dogma estatista, la estrategia económica de estos movimientos se pierde en una espesa confusión en la cual se aplican políticas de todo tipo incluyendo con frecuencia las neoliberales. Una confusión funcional, sin embargo, con la verdadera dinámica de estos movimientos que refleja su composición material. En líneas generales, se pueden distinguir dos niveles en estos movimientos. El institucional compuesto principalmente por clases medias empobrecidas y marginadas por la transnacionalización que simplemente buscan desplazar la vieja dirigencia para ocupar sus lugares. A este nivel, la dinámica del movimiento se reduce a una lógica de recambio, a un “quítate tú pa’ ponerme yo” y cualquier elemento ideológico, político, económico y social que estimule la disrupción del estado de cosas y abra espacios para facilitar el cambio de actores es obviamente útil. La conclusión de este movimiento es, en el caso de ser exitosa, la reconstitución de un orden despótico muy parecido al anterior, pero con una nueva dirigencia política, social y económica articulada por un pacto social que implique algún grado de mejoría para el resto de los sectores con el cual estabilizar el nuevo orden. Este es el nivel que es estrictamente neoarcaico, puesto que al no tener un verdadero sujeto social, sino una avalancha de nómadas sociales – forajidos, cimarrones o si se prefiere clochards del viejo orden- recubren su indigencia ontológica con cuanto retazo ideológico logren echarle mano en su recorrido transversal. Pero debajo de este nivel late otro movimiento de constitución –éste sí- de sujetos sociales. Un movimiento de sometidos y excluidos del viejo orden que tratan de establecer su diferencia aprovechando los espacios que se abren a causa de la disrupción institucional causada por el primer nivel en su lucha por desplazar a la vieja dirigencia. Este nivel vive pues una relación simbiótica con el primero, del cual recibe la protección institucional que necesita en sus primeras fases de autovaloración y, a cambio, le da el sustento social que el primer nivel necesita, haciendo aparecer a los nómadas como si fueran portavoces de un verdadero movimiento social. Este es un movimiento de construcción de subjetividad social y, por lo tanto, de nuevas prácticas sociales.

De manera que con el tiempo la diferencia que constituye el nuevo sujeto social se va haciendo incompatible con las viejas conductas y la basura ideológica del primer nivel. En la medida en que las nuevas prácticas sociales se van dando, la diferencia que constituye al nuevo sujeto social se va haciendo manifiesta y el conflicto con el primer nivel se vuelve inevitable. El drama de estos movimientos es que el nuevo sujeto social debe alcanzar un grado de fortaleza suficiente para separarse del nivel institucional antes de que éste se consolide definitivamente en el poder. De lo contrario, el nuevo poder despótico lo aplastará y lo reconducirá al marco de una nueva modalidad de sumisión, con un nuevo pacto social en el cual algunas migajas le serán concedidas.  En todo caso queda la interrogante de si este nuevo sujeto o sujetos sociales que incuba debajo de estos movimientos neoarcaicos son revolucionarios. Para poder contestar esta pregunta es necesario establecer algunos criterios para definir que es revolucionario en el siglo XXI.

Las características del movimiento revolucionario 

Es importante destacar que el término revolución está acotado por la experiencia social que le dio origen. La historia de la humanidad nos ofrece numerosos ejemplos de convulsiones sociales en todas partes y en todos los tiempos y sin duda es posible aplicar el término revolución a muchos de ellos por analogía. Pero en rigor la palabra revolución está asociada al conflicto social de la Europa moderna, un conflicto entre el viejo orden feudal, despótico, y el nuevo orden mercantil de cuyo seno va emergiendo la figura del individuo soberano que, en lugar de una sociedad piramidal hecha de estamentos separados y jerárquicos vinculados por relaciones de sumisión, deseaba constituir una sociedad de personas que fueran libres e iguales integradas por relaciones horizontales sin ningún tipo de sumisión de unas a otras. Este cambio de orden y sujetos sociales exigía la transformación de las prácticas sociales, las cuales, en lugar de girar en torno a la constitución del déspota, debían ahora girar en torno a la consolidación del individuo como nuevo sujeto social determinante; se trataba pues de una revolución social alrededor de una nueva subjetividad. Una metáfora social del cambio renacentista que transformó la revolución del universo alrededor de la Tierra en una revolución de la Tierra en torno al Sol. Quizás habría que decir más bien que la Revolución copernicana en astronomía fue la verdadera metáfora de la sociedad moderna la cual se caracteriza por las sucesivas transformaciones de sus prácticas sociales. Pero como estas transformaciones de las prácticas sociales generaban, en determinadas ocasiones, cambios violentos de la instituciones políticas, el término revolución se asoció principalmente con este tipo de cambios, especialmente a partir de la Gloriosa Revolución de 1688 en Inglaterra y durante el siglo XVIII, marcado por la Revolución Americana y la Revolución francesa, el concepto de revolución se extendió a muchas otras prácticas sociales por la connotación positiva que estas revoluciones le dieron a los cambios drásticos que implicaban un afianzamiento de la soberanía del individuo o de los derechos naturales de hombre como se prefería decir entonces.

No obstante que el aspecto político institucional fuese el más vistoso, todas estas revoluciones eran también revoluciones sociales puesto que el hombre y sus prácticas sociales iban ganando nuevos espacios. Pero no es sino en el siglo XIX cuando las revoluciones parecen privilegiar el momento social, aun cuando siguen siendo principalmente cambios políticos institucionales. En particular fue el movimiento socialista el que subordinó de manera explícita la revolución de las instituciones políticas a la revolución social, aun cuando en la práctica terminará identificando los cambios políticos e institucionales con la revolución social. Ahora bien, aunque es cierto que todas las revoluciones políticas eran revoluciones sociales en la medida en que implicaban el cambio de muchas prácticas sociales, la revolución social entendida como culminación del proceso que llevaba a la constitución de una sociedad de hombres libres e iguales exigía la transformación de todas las prácticas sociales. En todo caso, la secuencia revolucionaria de la modernidad muestra una tendencia a la transformación social en un único sentido que es el que define el carácter revolucionario de la transformación: la tendencia a aumentar los espacios de libertad de la persona mediante la reducción cada vez mayor de los espacios sociales dominados por relaciones de sumisión despótica.

Esto nos permite dar una definición general de qué es revolucionario y qué no lo es. Toda transformación de las prácticas sociales que reduce o elimina las relaciones de sumisión despóticas es revolucionaria; en cambio toda transformación que mantiene el mismo grado de relaciones despóticas o las incrementa no lo es. Por lo tanto, la revolución tiene que ver principalmente con la transformación de las relaciones de poder entre los sujetos sociales y no simplemente con los cambios en las condiciones jurídicas o materiales de las personas. En la medida que las relaciones de poder entre los sujetos sociales pierden sus características despóticas, se afianza la soberanía de estos sujetos lo cual implica necesariamente la soberanía sobre las condiciones de apropiación de la naturaleza. Se hace evidente pues cuan falaz sea atribuirle a un movimiento político o a un gobierno el carácter de  revolucionario tan sólo con base en las mejorar materiales que concede a la población. Ningún movimiento social que ofrece pan a cambio de poder es revolucionario.

Ahora bien la definición que acabamos de dar no sólo es la única posible si en verdad se quiere reivindicar la tradición revolucionaria moderna tal como sus propios errores la han ido especificando, sino que, además, su carácter modular permite evaluar todas las situaciones desde las de la microfísica social hasta las de la sociedad global sin caer en mistificaciones al amparo de nobles objetivos materiales. En cada caso, lo primero que hay que determinar es si las relaciones de sumisión despótica se están reduciendo o no y se sabrá si se está en una situación revolucionaria. Este es el punto de vista del sujeto revolucionario del siglo XXI, del sujeto que tiene a sus espaldas la larga y dolorosa experiencia del siglo XX.

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Lo aquí reproducido es un muy breve extracto del amplio y penetrante artículo del autor “La naturaleza del poder y los movimientos sociales”, publicado en la Revista Latinoamericana de Estudios Avanzados, RELEA, Nº 22, junio-diciembre 2005.

30/03/2007 14:36 firmasdefaces ;?>

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