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FIRMAS DE FaCES

Sociedad abierta y pensamiento único / Ysrrael Camero

Sociedad abierta y pensamiento único / Ysrrael Camero

Todos hemos escuchado, alrededor de esta sociedad globalizada, la feroz crítica contra el “Pensamiento único”, etiqueta que se encuentra especialmente dedicada a caracterizar una imagen particular del “neoliberalismo”. Muchas veces quien levanta el índice acusador contra la imposición de este “Pensamiento único”, tiende a dirigir una mirada, entre comprensiva y halagadora, incluso hagiográfica, hacia los regímenes que existen en Cuba, Corea del Norte o Irán; incluso se ha visto casos en los cuales las arengas contra el pensamiento único son lanzadas desde capitales tan representativas como La Habana o Pyongyang. ¿De qué estamos hablando?

La aparición pública del concepto de “Pensamiento Único” fue fruto de la pluma de Ignacio Ramonet, Director de Le Monde Diplomatique, en 1995, atacó fundamentalmente a lo que consideraba una ideología que se pretendía exclusiva, natural e incuestionable, que sostenía la hegemonía de lo económico, propugnaba al mercado como correctivo universal y establecía al liberalismo económico como un dogma.

Esto nos lleva a varios problemas derivados, sin mencionar que la primacía de lo económico para la comprensión de la sociedad es una acusación que, muy bien, podría ser lanzada a varios conglomerados ideológicos, desde el socialismo (los más avanzados) hasta el liberalismo económico (no así con todas las corrientes del liberalismo político). Pero, a efectos de esta reflexión me interesa responder a una parte específica de dicha concepción de “Pensamiento Único”.

Como socialdemócrata soy cercano a las perspectivas críticas que han presentado en su momento Joseph Stiglitz, John Kenneth Galbraith y Amartya Sen respecto a la políticas denominadas “neoliberales”, reconozco que un Estado democrático, y la política democrática, tiene un importante papel que jugar en la economía, en colaboración racional y razonable (no en confrontación) con una gran diversidad de actores, la creación de instituciones, el respeto a un conjunto estable de reglas claras y comunes de juego, la promoción de la igualdad de oportunidades y de la equidad, etc. No es mi objetivo defender el “neoliberalismo”. Pero considerar que las políticas diseñadas desde hace varias décadas, y puestas en práctica por gobiernos de distinto signo (en la mayoría de las ocasiones con resultados inferiores a las expectativas), fueron fruto de un “dogma religioso” no sometido a ningún tipo de crítica ni mutación, es inaceptable. ¿Qué esconde éste ataque?

Luego del derrumbe del Muro de Berlín y del bloque soviético se evidenció una profunda ruptura y un profundo vaciamiento ideológico, que ya tenía antiguos atisbos en la repetición vacua de la retórica soviética. El pensamiento de la izquierda ya venía presentando diversas rupturas desde finales del siglo XIX, la más importante de todas ocurrió tras la Revolución Bolchevique de 1917. El debate en torno a la disyuntiva futura, reforma o revolución, así como respecto al papel de las instituciones liberales y democráticas generó la división más importante en la historia del socialismo, la que separó de allí en adelante a los comunistas de los socialdemócratas y de los socialistas democráticos.

Luego de 1917 el comunismo soviético derivó con rapidez en un conjunto de dogmas religiosos, una iglesia con un culto central, y una Meca, Moscú. Esa ilusión de futuro, de salvación para la humanidad, duró para muchos hasta 1991. El derrumbe de la Unión Soviética representó un luto para muchos fuera del ámbito de acción directa de los mismos soviéticos. Las esperanzas parecían haberse esfumado. La Historia no parecía darles la razón. La visión de Progreso se esfumó.

Esta orfandad ideológica llevó a varias actitudes. Algunos, tras confrontar la dura realidad, se fueron sumando a la corriente socialdemócrata, reflexionando sobre la posibilidad de crear oportunidades para todos en el marco de la institucionalidad liberal, con justicia social, es decir, se sumaron a la necesidad de articular el pensamiento racional complejo con las realidades sociales. Otros, dieron un salto de pértiga y terminaron, con el mismo dogmatismo del credo original, asumiendo nuevos dogmas y nuevas (viejas) iglesias, alimentaron con su esfuerzo el molino de los nacionalismos étnicos, de las políticas identitarias. Un tercer grupo hibernó en la frustración… por un tiempo.

Por otro lado, críticas feroces a la Modernidad, a la razón, a la racionalidad liberal, se gestaban dentro del marco de importantes instituciones de Educación Superior, emergía una reflexión cada vez más densa en torno a la Posmodernidad, es decir, cualquier cosa que usted quiera agregar acá, funciona (con tal de que no sea racionalista, ni occidental, ni represente trascendencia, ni coherencia, es decir, mientras más caótico, mejor).

La orfandad ideológica de antiguos náufragos de izquierda que perdieron su iglesia, la vocación destructiva de algunos posmodernos contra un terrible Occidente que los había llenado de racionalidad, deliberación, reglas, normas, disidencias con nuevas reglas y nuevas normas, reglas para el articular el disenso, etc.; se vincularon con antiguos patrones profundamente conservadores, radicalmente conservadores, convencidos de que había que cambiarlo todo para evitar que su imagen idealizada del pasado no cambiara. Emergió una mentalidad de barricada, ¡no pasarán! Está montado el escenario para “profundizar” en un nuevo debate sobre las reglas de juego para la creación de conocimiento.

Esta particular mezcla conservadora de nacionalistas, ex comunistas, ecologistas, posmodernos, movimientistas, anticapitalistas, radicales, etc., tenía de todo, excepto de visión de futuro, de progreso, la habían dejado atrás, en las ruinas del soviet. De allí que, al no tener capacidad de confrontar con las reglas de juego previamente definidas por la Modernidad, acusan a Occidente de ser el gran culpable de castrar otras sensibilidades, de incapacitar a la humanidad para pensarse de manera distinta. Todo intento de establecer un diálogo con esta masa compacta de agregados diversos, choca con una intransigencia numantina, y que, cuando existe alguna capacidad de demostrar que algún punto es racionalmente endeble, empíricamente inviable, es duramente atacado por ser parte de la “racionalidad occidental eurocéntrica”, aunque el interlocutor que parece rebatirlos se encuentre hablando desde Tokio, Nueva Delhi o Johannesburgo. Automáticamente será acusado de ser un simple representante del Pensamiento Único.

Por eso estamos viendo que la crítica contra el Pensamiento Único no se dirige a los regímenes totalitarios que tornan imposible el debate en países como Corea del Norte o Cuba, ni en contra de la extensión del fundamentalismo religioso y en contra del fanatismo que parece extenderse como una mancha de aceite sobre el mundo. Los ataques contra el Pensamiento Único se dirigen especialmente contra las organizaciones internacionales que, no sólo están formadas por profesionales especialistas dedicados a pensar racionalmente el futuro, organizaciones de las cuales forman parte la gran mayoría de los Estados del mundo.

Finalmente, el ataque se dirige contra las sociedades abiertas, incluso en contra de la misma existencia de una sociedad abierta, por eso los grandes críticos del Pensamiento Único son tan débiles ante el totalitarismo realmente existente. Perciben la confrontación demasiado inmensa, demasiado universal, demasiado trascendente, como para perderse en detalles, periodistas presos por delitos de opinión en Cuba, disidentes desaparecidos o perseguidos en Corea del Norte… esas son menudencias.

Revisemos qué hacen las sociedades cerradas con la disidencia, la callan, la desaparecen, hacen imposible su extensión, la diferencia es percibida como amenaza. En el seno de las sociedades abiertas la disidencia se suma a una diversidad creciente de percepciones, datos, informaciones, debates, deliberaciones, confrontaciones ideológicas, etc. En ambos casos existen relaciones de poder que pueden alterar la presencia, mayor o menor, de determinadas opiniones, pero sólo en las sociedades cerradas toda la luz tiene un solo origen, el poder; mientras que, en las sociedades abiertas es mucho más probable que la voz se haga un espacio, su espacio, generando su propia luz.

He aquí una diferencia trascendental, si uno cree en la libertad ha de defender la libertad de disentir, ha de defender el pensamiento creativo y el pensamiento crítico en contra de cualquier imposición, de la arbitrariedad, en contra de cualquier pensamiento único. Porque defender el pensamiento plural y crítico, el debate democrático, la deliberación racional, es defender aquello que permite sobrevivir a las libertades, la existencia de una sociedad abierta.

El Pensamiento Único se identifica no sólo con un problema de homogeneidad intelectual, sino con el hecho de que en determinada sociedad solo se reproduce el discurso del poder. Lo contrario del pensamiento único es el pensamiento crítico, diverso, plural, lo cuál sólo es posible en el seno de una sociedad abierta, donde reinen las libertades individuales. Si alguna civilización ha luchado contra la imposición de un pensamiento único ha sido la tradición librepensadora de occidente. Sólo en el marco de una sociedad abierta, con ciudadanos libres, es posible que hablemos de pensamiento crítico, diverso y plural.

En las sociedades donde se imponen los totalitarismos, fundamentalismos, fanatismos es en dónde vemos reinar un pensamiento único, la voz del poder, repetida por cada uno de los súbditos. La voz del amo.
 La defensa del pensamiento plural, crítico y diverso, la defensa de la autonomía intelectual, en contra de cualquier pensamiento único, es parte integral de la defensa de la sociedad abierta, de las libertades, de las instituciones liberales que hacen posible la democracia contemporánea. Más voces, en mayor libertad, en diálogo, en deliberación, en confrontación racional, en democracia.

http://deveniresysrrael.blogspot.com/  

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