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FIRMAS DE FaCES

Razón y Revolución I / Luis Marciales

Razón y Revolución I / Luis Marciales

Como un aporte al debate que sobre el socialismo se está llevando en nuestro país, queremos introducir una discusión entre distintas concepciones de la razón y el cambio social, o más genéricamente, sobre las relaciones entre la razón y la realidad. Como lo señala Herbert Marcusse en el libro sobre la filosofía hegeliana - del que tomamos prestado el título para este artículo - hay un conflicto mucho más que académico - entre el pensamiento idealista o racionalista y el empirista.

El idealismo alemán desarrolla contra el empirismo inglés una verdadera batalla por el papel de la filosofía y, en última instancia, de la razón. Para ello propone lo que creo son dos tesis fundamentales. Por una parte, destaca el carácter negativo, crítico y disolvente de la razón. El quehacer humano puede ser pensado como la construcción de teorías, discursos, cosas en la realidad, formas ético políticas, religiosas y estéticas. Son pues pensamientos que se objetivan. A esta etapa positiva le sucede la posterior disolución por la razón misma que niega sus productos y en cierta forma, a sí misma. Con ello se abre el espacio para superar críticamente eso dado por otra propuesta nueva, hasta que sea de nuevo criticada y así indefinidamente. La segunda tesis asume que es en la razón dónde se puede dar una efectiva superación de lo real. Porque en ella se encuentra la posibilidad de sobrepasar lo particular, lo individual en lo universal, es decir, en la ley (natural y humana). Si bien solamente en la interacción con lo real se sabrá que es efectiva la ley, esto sucede en la medida que lo real, el particular, se comporte según las expectativas que la ley supone, de modo que el acontecimiento es un caso de lo universal al que está sometido.

El empirismo y sus derivados, como el pragmatismo, suponen una posición más modesta para la razón. Por una parte la razón no puede aspirar a superar lo dado en la medida en que constituye el único origen legítimo de sus contenidos, todo conocimiento debe venir de experiencias y debe ser remitido a ellas como garantía de su verdad. Por eso, cualquier sistema que pretenda construir la razón distinto a la realidad no es más que especulación metafísica. La realidad se nos presenta como un haz de datos más o menos desordenados y cualquier ordenamiento de ellos, e incluso, el poder superarlos (y hablar de “todo”, “siempre” e incluso “mañana”) es un salto sobre esos datos inmediatos que se hace por hábito y costumbre, apenas una regularidad psicológica. Esperamos que las cosas sucedan porque hasta ahora han sucedido así, pero no que deben ser así. Se puede suponer que la realidad tiene leyes pero estas, en todo caso, no son accesibles a la razón, porque esas leyes no son evidentes en la experiencia inmediata que es nuestro único dato.

Siguiendo una metáfora jurídica, podemos pensar que en el idealismo la razón legisla sobre lo real, lo determina, en base a una ley que es suya. Es entonces juez y soberana. En cambio en el empirismo la razón está imposibilitada de superar la realidad, el hábito, sino al contrario, depende totalmente de ellos. Ahí está sometida a esa realidad, debe obedecer a una ley que está imposibilitada siquiera de conocer y sólo presume. La razón es pues aquí súbdita de esa realidad, de la naturaleza humana o natural.

La idea de una razón soberana, pero que a la vez niega sus contenidos da de sí pensamientos como el hegeliano y marxista. En ellos la realidad debe ser superada y reconstruida mediante las leyes de la razón. La razón que se comprende como súbdita, atendiendo a lo dado y que no puede superar produce pensamientos como el liberalismo. Hay un orden “natural” que regula las relaciones de los particulares, produciendo una armonía que la razón debe acatar, que la sobrepasa y donde cualquier intervención solo producirá el caos. Es el reino del laissez faire. En el primero se trata de un pensamiento concebido como actividad, en el segundo pasivo.

And yet, and yet… esta concepción de la razón como soberana, que más que exponer hemos hecho nuestra, ha producido suficientes excesos y desatinos para defenderla irrestrictamente. No en balde sucedió el socialismo real donde las pretensiones de someter la realidad a los claros designios de la razón han dado resultados escandalosamente alejados de las ideas originales. La razón perdió mucho de su carácter crítico, negativo y se entregó a la construcción de una realidad que muchas veces terminó haciéndose más rígida que aquella que pretendía superar. No tuvo, en definitiva, la vitalidad necesaria para, no solamente oponerse y resistir, sino superar efectivamente al capitalismo, que sin mencionar las evidentes injusticias y desequilibrios que produce dentro sí, está ni más ni menos que acabando con el planeta.

Sin pretender reducir la comprensión del problema al uso de la razón, ni suponer que la respuesta a la discusión del socialismo es una revisión de las relaciones entre la razón y la realidad, vamos a proponer de la mano de la crítica kantiana un camino intermedio, donde la prudencia se convierte en un movimiento necesario de la racionalidad.

(Enviado el 13-02-07)

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