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FIRMAS DE FaCES

Falansterios y ciudades comunales: el Socialismo Mágico del siglo XXI / Leonardo V. Vera

Falansterios y ciudades comunales: el Socialismo Mágico del siglo XXI / Leonardo V. Vera

En un arrebato constructivista, el Presidente Chávez se convirtió en socialista y ha convencido a su movimiento político, y a buena parte de sus seguidores, de que Venezuela está pariendo el socialismo del siglo XXI. En un espasmo creativo señala de frente al país ¡Seremos Socialistas, ya me quedo claro eso¡ Luego añade que el segundo gran motor de su nuevo sexenio de gobierno es la reforma constitucional, a partir de la cual pasaremos a ser por declaración estatutaria “La República Bolivariana Socialista de Venezuela”. Ese día al tomar juramento al gabinete ministerial que lo acompañará en el inicio de su nuevo sexenio, Chávez aconsejó a los obispos de la Iglesia Católica que si tienen dudas sobre el proyecto socialista que está impulsando en el país deberían leer a Marx y a Lenin. Suponemos el consejo extensible para todos. Marx, por ejemplo, daría entonces grandes luces para despejar toda duda sobre el proyecto socialista del gran sabio venezolano.

Ahora bien, quienes conocen la obra de Marx -y me temo que de ellos se cuentan muy pocos en el circulo de los acólitos y adulantes de Chávez- pudieran encontrar la sugerencia interesante. Ciertamente el pensamiento de Marx fue sorprendentemente vago en relación al socialismo y de hecho, salvando el Manifiesto Comunista y ciertas glosas marginales en Crítica al Programa de Gotha, Marx escribió muy poco sobre socialismo. Pero aún así, al recapitular entre lo escaso y lo muy poco, uno encuentra el consejo provechoso.

En 1845 Marx se instaló en Bruselas y comenzó a organizar y dirigir una red de grupos llamados Comités de Correspondencia Comunista, establecidos en varias ciudades europeas. Dos años después, él y Engels recibieron el encargo de elaborar una declaración de principios que sirviera para unificar todas estas asociaciones e integrarlas en la Liga de los Justos (más tarde llamada Liga Comunista). El programa que desarrollaron en el Manifiesto Comunista intentaba demostrar el derrumbamiento inminente de la clase burguesa, clase que sería suprimida por una revolución mundial obrera que culminaría con el establecimiento de una sociedad sin clases. No hay allí una caracterización diáfana o en detalle de cómo funciona el socialismo, pero Marx y Engels se encargaron de desmarcarse muy claramente de lo que denominaron “socialismo utópico”. A éste lo describieron como impráctico e irrealizable. Owen, Fourier y Saint-Simon fueron para siempre calificados como narradores quiméricos, soñadores que fantasean delirios y sociedades imaginarias.

Los socialistas utópicos de Marx y Engles habían denunciado por décadas el exasperado sentimiento posesivo que nace de la propiedad privada, el apetito de lucro, el impulso competitivo, y otras condiciones incubadas por la naciente sociedad capitalista que pervertían al hombre y entorpecían la marcha de su perfeccionamiento y su felicidad. Por consiguiente, decían los utopistas, basta con apelar a aquella naturaleza fundamentalmente propicia para anular las influencias corruptoras del medio y producir el gran cambio social. En contraste con estos voluntaristas, ingenuos y soñadores, Marx y Engels, ceñidos a la concepción materialista de la historia, señalaron que las condiciones objetivas de la sociedad y el libre desarrollo de las fuerzas productivas son las que determinarán el curso del capitalismo y el advenimiento del socialismo.

Veintisiete años más tarde Marx vuelve a hablar del socialismo. En un momento en que los partidos de la izquierda alemana intentar conjugar una plataforma unitaria de gobierno, Marx escribe Crítica la Programa Gotha, donde expone en forma escueta las condiciones que han de dar a luz a la sociedad socialista. Marx reconoce mucho más explícitamente que las condiciones para la realización de la sociedad sin clases no aparecen de inmediato con el colapso del capitalismo. Es así como concibe una fase transitoria entre el capitalismo y el comunismo cuya forma política es la “dictadura del proletariado”. Pero la principal preocupación de Marx se concentra en contrastar su visión –estrictamente científica- con la visión voluntarista e ingenua del socialismo Lasallista de sus coterráneos. El socialismo, según Marx, no se fundamenta en la justicia, la igualdad o la libertad, pues el socialismo no es el retrato de una sociedad idealizada o voluntariamente construida por la acción de unos códigos morales. El socialismo es el advenimiento inevitable de un nuevo poder –el poder del proletariado- que arrasará consigo las principales formas de la sociedad burguesa.

En perspectiva, y considerando la profunda convicción con que Marx señala lo que no es el socialismo, vale entonces preguntarse si tenemos alguna duda sobre el tipo de socialismo que impulsa el proyecto del gran sabio.

Fourier, sin lugar a dudas el más excéntrico y original de los socialistas utópicos, abogó por una reconstrucción de la sociedad basada en asociaciones comunales de productores y consumidores llamadas falanges; una palabra que recreaba la unidad de base de los regimientos griegos, en la que los hombres avanzan juntos y en armonía. Propuso así que en lugar de los vastos centros poblados y aldeas arrojadas al azar en el mapa; mal catastrados y mal trazados en sus límites; tan incoherentes en su distribución general como en su organización particular, la humanidad debía estar agrupada por comunidades regulares tanto en número como en su orden interior y en las condiciones de equilibrio en relación con otras comunidades.

Alucinado por el poder de la taxonomía, Fourier llegó a clasificar a los hombres de estas asociaciones comunales en 810 tipos (para ser exactos), donde cada tipo con su pareja pertinente, configuraban un Arca de Noé de 1620 personas; un conjunto que ofrecía todo el potencial de interrelaciones entre humanos. La comunidad en la que viviría esa falange sería el Falansterio. Suponía que esta organización comunal de tipo rural, a diferencia del capitalismo, produciría importantísimas y fecundas consecuencias. El mundo perfecto que imaginaba Fourier duraría 80.000 años, de los cuales 8.000 años serían la época de armonía perfecta, con seis lunas gravitando alrededor de la Tierra, 37 millones de poetas de la calidad de Homero y cuatro amantes para cada mujer.

Fourier ha vuelto, pero esta vez a las zonas tropicales del nuevo continente y trayendo consigo un remozado proyecto. Hace apenas unas semanas compartió una de sus grandes revelaciones: “¡Concentraríamos todo el esfuerzo político, económico, social, para ir transitando el camino hacia una ciudad comunal, donde no hagan falta juntas parroquiales, ni alcaldías, sino poder comunal… más allá de eso, las ciudades socialistas!”. De inmediato, el brazo ejecutor de la nueva constitución, uno más de esa estirpe que le tiende la cama al manda más, declaró para el El Clarín de Buenos Aires: “En el mediano plazo desaparecerían los intendentes, los consejos municipales y juntas parroquiales, figuras que fueron llevadas a España por la invasión mozárabe y luego traídas a América con la conquista española”. Con este ropaje fantástico uno se pregunta sin cabría dentro de ese esfuerzo un mayor desarrollo de los gallineros verticales y los conucos organopónicos; de proyectos turísticos como la ruta de la empanada; de la bicicleta nuclear y los zeppelines aerostáticos, de los centros experimentales de trueque y de intercambio en valores equivalentes; de los fundos zamoranos y los saraos con la incorporación del kit del conuco (con cochina, gallina y gallo, un machete y una escardilla).

Nota: Los dos más conocidos experimentos comunales basados en las ideas de Fourier, Brook Farm en Massachussets, y el North American Phalanx en New Jersey, fracasaron en menos de una década. Para el año 1856 no quedaba vestigio de ellos.

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