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FIRMAS DE FaCES

Fukuyama, Bush, Chávez / Ignacio Avalos Gutiérrez

Fukuyama, Bush, Chávez / Ignacio Avalos Gutiérrez

He leído varios de sus libros. El mejor de ellos, me parece, uno publicado hace cinco años, dedicado a analizar las consecuencias, sobre todo políticas, de los avances de la biotecnología.  En el “ El Fin del Hombre”, así se titula, Fukuyama le da cierta vuelta a su conocida tesis del fin de la historia, advirtiendo que esta no puede terminar a menos que se detenga la evolución de la ciencia.  Vierte en ese texto un estudio bien documentado que sugiere, es su tesis central, la posibilidad tecnológica de que se altere la naturaleza humana y se de comienzos, por tanto, a una etapa post-humana de la historia.

Siempre me ha parecido útil, así pues, indagar en el pensamiento de este norteamericano con fachada japonesa.  A través de sus escritos da cierta idea del clima que se respira en algunos círculos académicos y políticos de la sociedad norteamericana. La semana pasada un amigo me mandó un artículo de prensa suyo, “Keeping Up with the Chávezes”, publicado a principios de febrero, de amplia circulación en las pistas de Internet, en medio del regocijo antichavista, en el cual destacan  tres planteamientos y un corolario, útiles, tal vez, para entender, entre otras cosas, las andanzas del Presidente Bush por estos lados del planeta.  Veamos.

Primero. Lo que tienen en común algunos líderes políticos de la actualidad con el Presidente Chávez es, afirma, su habilidad para prometer, y en cierta medida llevar adelante, una política social dirigida hacia los sectores más pobres. Segundo. En contraste con lo anterior, el discurso de Washington subraya la democracia y los derechos humanos, al igual que el libre comercio como vía para el progreso económico, una agenda coincidente con los valores americanos, orientada a las clases acomodadas de los países subdesarrollados, no a las mayorías desposeídas. Tercero. A partir del gobierno del Presidente Reagan, Estados Unidos ha hecho propuestas en materia económica para el mundo en desarrollo (privatización, desregulación, y cosas así), pero no tiene un cuerpo de planes e ideas para el área social.

Fukuyama advierte, como conclusión, que si Estados Unidos desea apoyar la democracia liberal y el libre mercado alrededor del mundo, necesita comenzar a pensar en agendas sociales bien diseñadas que resulten llamativas para la población excluida, pues tal es la única forma de “competir exitosamente con los islamistas y los populistas.”  Rematando su faena, argumenta que la influencia norteamericana depende de “la habilidad para ofrecer a la gente alrededor del mundo lo que ellos quieren, no lo que nosotros queremos que ellos quieran”.  En suma, todo un descubrimiento del agua tibia, ¿no?.

Desentendido por un momento de su disparate en Irak (palabra leve para designar lo que ha sido un horror desde el punto de vista humano, amén de una garrafal equivocación política), el Presidente Bush inició la semana pasada una gira por varios  de nuestros países. Se dice, sin decirlo, que la visita busca atenuar la influencia del Presidente Chávez y recoger el reguero de pólvora populista que éste ha dejado por doquier, lo cual intenta hacer en su peor momento, mediante un gesto tardío e insuficiente hacia una región que sólo parecía importarle como reservorio de recursos naturales estratégicos y  mercado para los productos “made in USA”.  Difícil saber si Bush lee a Fukuyama (difícil, incluso, saber si lee algo), pero todo indica que cabalga sobre los mismos conceptos con relación a nuestros países. Así las cosas, se entiende, entonces, por que Chávez ha podido lo que ha podido con su labor de evangelización ideológica a lo largo y ancho de la región latinoamericana e, inclusive, un poco más allá. Sin quitarle sus méritos , la verdad es que lo favorece la miopía política de los de enfrente.

Harina de otro costal

Le advierto, estimado lector, que este parrafito no le va a decir nada nuevo.  Pero, lo escribo porque lo considero necesario.  Es mi modesta contribución para que no veamos esta tragedia como algo normal, parte del paisaje que nos rodea.  Y para que nos asustemos con los datos.  Por ejemplo con éste:  nuestra tasa de homicidios sigue aumentando año a año (37.000 muertos por cada 100.000 habitantes en el 2006 y 45.000 en el 2007) hasta estar entre las más altas de América Latina, sólo detrás de Colombia y El Salvador. El resto de los cifras también te pone la piel de gallina. Mientras tanto la acción de las autoridades sigue dando bandazos.  La Comisión Nacional para la Reforma Policial, por decir algo, parece estar en el limbo (a pesar de que fue una buena iniciativa del ministro Chacón). Y con ella la Ley Nacional de Policía, el inventario digitalizado del parque de armas y otros asuntos pendientes.  La situación sólo cambia, pues, para empeorar. Vivimos en un país cada vez más violento. Cada uno carga su miedo en el bolsillo de atrás.

El Nacional, miércoles 13 de marzo de 2007.

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