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FIRMAS DE FaCES

El marxismo-leninismo como falacia "revolucionaria" / Javier Biardeau

El marxismo-leninismo como falacia "revolucionaria" / Javier Biardeau

“La Verdad de la Salvación inscrita en las escrituras científicas se llamará en adelante marxismo-leninismo. Es la doctrina estaliniana, poco marxista y poco leninista, la que se apropia exclusivamente de Marx, Lenin, la Revolución, el Socialismo, y hace de Moscú no ya únicamente la ciudadela, sino la Meca de la Humanidad revolucionaria. Esta formidable transformación mítico-religiosa se operó durante el primer estalinismo, particularmente en los años 1924-1930.” (Edgar Morin; ¿Qué es el totalitarismo? De la naturaleza de la URSS)


En la primera parte de estas entregas sobre la problemática del Socialismo del siglo XXI y el necesario deslinde con el llamado marxismo-leninismo habíamos afirmado que la vigencia del “marxismo-leninismo para nutrir el debate del Socialismo del siglo XXI es una falacia seudo-revolucionaria, que conduce directamente a las experiencias despóticas del colectivismo oligárquico, también llamado Socialismo Burocrático. Habíamos definido el “marxismo-leninismo” como el marxismo soviético posterior a la muerte de Lenin (1924), rastreando la prefiguración del despotismo del partido-aparato desde la coyuntura política donde se decreta la prohibición del pluralismo de tendencias en el seno del partido bolchevique (1921), hasta llegar a la liquidación física de la dirección bolchevique que participó, en medio de polémicas y diferencias, en el transito revolucionario de 1917 a 1924, por parte del secretario general del Partido (desde 1922); Iósif Stalin y de sus subalternos.

La conclusión del análisis es clara: la monstruosa historia del marxismo-leninismo muestra lo que no puede ni debe ser un movimiento de emancipación socialista. También queda claro que esta historia no permite concluir en absoluto que el capitalismo global y la oligarquía neoliberal en los que vivimos encarnen el secreto por fin resuelto de la historia humana, como pretende Fukuyama y sus seguidores ideológicos. Ahora bien, ¿Qué hacer? ¿Cuál es la propuesta? Los mapas que permiten las nuevas orientaciones para el Socialismo del siglo XXI implican una interpretación del mismo como una Revolución Democrática Permanente, tomando en serio las virtualidades del poder constituyente, e impidiendo que ningún órgano constituido, llámese como se llame, sustituya o suplante a través de estructuras verticales de mando, dirección y decisión la potencia del proceso socio-histórico instituyente.

Somos nosotros a través de las prácticas históricas quienes hacemos nuestras leyes e instituciones, quienes garantizamos nuestra autonomía personal y colectiva, quienes construimos a través de la acción colectiva la sociabilidad cotidiana y modificamos los patrones estructurales de las sociedades. En consecuencia, no podemos ni debemos olvidar que no hay libertad política sin igualdad y justicia social, que a la riqueza humana depende enteramente del reconocimiento de la diversidad social, y que todo esto es imposible cuando existen y se acentúan enormes desigualdades de poder económico, traducido directamente en poder político.

Por tanto, es absurdo imputar al marxismo -y aún más al propio Marx-haber engendrado el totalitarismo, como se ha hecho cómoda y demagógicamente en los últimos sesenta años. Del marxismo se prolonga la socialdemocracia revolucionaria, entre cuyas voceras está Rosa Luxemburgo, política liquidada por la dirección reformista alemana, que apoyada en las teorías de Bernstein (1905) y en el nacionalismo más ramplón, frustraron la posibilidad de una transformación revolucionaria en el propio centro geográfico del continente europeo.

He dicho que la Conferencia Episcopal Venezolana y los defensores del marxismo-leninismo comparten los mismos prejuicios, cuando en sus documentos hace equivalentes los planteamientos de la obra abierta de Marx y con el marxismo-leninismo de inspiración estalinista. La operación Marx = Stalin es una vieja táctica de los sectores reaccionarios y despóticos.

Este paradójico error lo cometen los aparentes opositores irreconciliables: la burocracia eclesiástica y el partido-aparato, la jerarquía católica y la minoría selecta del partido-aparato marxista-leninista. En esta operación se fragua una desfiguración de la obra abierta de Marx, quién ni siquiera pudo culminar las redacciones de lo que conocemos como los tomos II y III de su trabajo “El Capital”. Adicionalmente, pocos están informados del desconocimiento de la dirección bolchevique de trabajos como los Manuscritos Económico-Filosóficos, de la Ideología Alemana, de los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), entre otros. Con esto queremos decir, que ninguno de los miembros de la dirección bolchevique, llámese Lenin, Trotsky, Bujarin y mucho menos Stalin, fueron conocedores de los aportes más revolucionarios de la obra abierta de Marx. De allí, se desprende toda una polémica sobre Marx y los marxismos, que hace del Socialismo teórico una constelación diversa y hasta heterogénea, y no una doctrina monolítica y homogénea.

¿Cuál es la implicación ético-política de esta situación? Que el socialismo del siglo XXI se construirá desde diversas referencias teóricas liberadoras y no exclusivamente desde un canon infalible de interpretación. Que no habrá praxis revolucionaria sin teoría(s) revolucionarias. Que se acabó el pensamiento único de izquierda. Que es hora de asumir el valor del pluralismo, de la diversidad, de la diferencia como elementos indispensables de la democracia socialista.

Las semillas de las ideas más importantes de Marx sobre la transformación de la sociedad -especialmente la idea de autogobierno de los productores- se hallan tanto en los escritos de los socialistas utópicos, como en los diarios y en la autoorganización de los obreros ingleses de 1810 a 1840, en las experiencias de los levellers muy anteriores a los primeros escritos de Marx. El incipiente movimiento obrero aparece así como la consecuencia lógica de un movimiento democrático que se ha quedado a medio camino. No se pueden separar la democracia y el socialismo sin graves implicaciones ético-políticas. Y esto lo afirmamos por lo siguiente.

Otro proyecto, otro imaginario social-histórico invade la escena del mundo imponiéndose con extraordinaria eficacia desde el siglo XVIII: lo imaginario capitalista, que transforma perceptiblemente la realidad social y parece a todas luces llamado a dominar el mundo. Contrariamente a un confuso prejuicio, todavía hoy dominante –el fundamento del "liberalismo" contemporáneo-, lo imaginario capitalista contradice frontalmente el proyecto de emancipación y de autonomía. Ya en 1906, el Marx de la burguesía: Max Weber tornaba irrisoria la idea de que el capitalismo pudiera tener algo que ver con la democracia. Luego Shumpeter consolidará la tesis que domina hasta hoy, el capitalismo solo permite el funcionamiento de una esfera política dominada por elites elegidas democráticamente, pero nada de participación popular en las decisiones en la esfera pública o en la construcción del bien común. Es el elitismo democrático una de las alternativas funcionales al régimen social capitalista. La otra es de sobra conocida: las dictaduras y despotismos de derecha. En definitiva, la democracia participativa y protagónica transforma el capitalismo en un régimen social donde el bien común y la cosa pública se enfatizan sobre el auto-interés y el individualismo posesivo. Se abren desde allí las posibilidades de los nuevos horizontes socialistas.

Es la dominante tendencia de las sociedades modernas a la burocratización, que desde fines del siglo XIX penetra y domina el mismo movimiento obrero, el que lleva a la constitución de los partidos-aparatos-iglesias. Conduce también a una esterilización prácticamente completa del pensamiento crítico. La «teoría revolucionaria» se torna comentario talmúdico de los textos sagrados mientras que, ante las inmensas transformaciones científicas, culturales y artísticas que se acumulan desde 1890, el marxismo realmente existente, positivista y cientificista, se queda afónico o se limita a calificarlas de productos de la burguesía decadente.

Luego, Lenin, y su idea de centralismo democrático, sintetizarán elementos aún dispersos que prefigurarán el despotismo. Ortodoxia y disciplina son radicalizadas (Trotski se enorgullecerá de la comparación del partido bolchevique con la orden de los jesuitas) y extendidas a escala internacional. El leninismo, acaparando el movimiento obrero, sustituye a este individuo por el militante adoctrinado en un evangelio que cree en la organización, en la teoría y en los jefes que la poseen e interpretan, un militante que tiende a obedecerles incondicionalmente, que se identifica con ellos y que, la mayoría de las veces, sólo puede romper esta identificación hundiéndose él mismo.

El principio «quien no está con nosotros ha de ser exterminado» se pondrá en práctica inexorablemente, los modernos medios de Terror se inventarán, organizarán y aplicarán en forma masiva. Sobre todo, aparece y se instala, ya no como rasgo personal sino como determinante social-histórico, la obsesión por el poder, el poder por el poder, el poder como fin en sí mismo, por todos los medios y poco importa para qué. Ya no se trata de hacerse con el poder para introducir transformaciones concretas, sino de introducir las transformaciones que permitan mantenerse en el poder y reforzarlo sin cesar.

Lenin, en 1917, sabe una sola cosa: que ha llegado el momento de tomar el poder y que mañana será demasiado tarde. Así lo dirá: «Desgraciadamente, nuestros maestros no nos han dicho qué hemos de hacer para construir el socialismo». Y luego dirá también: «Si se hace inevitable un Termidor, nosotros mismos lo haremos posible». Entendamos: «Si, para conservar el poder, hemos de invertir completamente nuestra orientación, lo haremos». Y así lo hará, en efecto, en varias ocasiones (Stalin, posteriormente, llevará este arte a una perfección absoluta). Único objetivo fijo mantenido inexorablemente a lo largo de los más increíbles cambios de rumbo: la expansión ilimitada del poder del Partido, la transformación de todas las instituciones, empezando por el Estado, en simples instrumentos suyos y finalmente su pretensión, no sólo de dirigir la sociedad, sino de ser efectivamente la sociedad misma. A partir de allí se instala la Estadolatria y no lo propuesto por Marx, la absorbición del Estado por una sociedad civil emancipada.

Como es sabido, este proyecto estatista alcanzará su forma extrema y demencial bajo Stalin. Y es también a partir de la muerte de éste cuando su fracaso comenzará a ponerse de manifiesto. El despotismo del colectivismo oligárquico tiene una historia: la absorción total de la sociedad y del modelado integral de la historia por el poder del partido-aparato monolítico. También es cierto que el régimen despótico no habría podido sobrevivir durante setenta años si no hubiera logrado crearse en la sociedad importantes puntos de apoyo, desde la burocracia ultra-privilegiada hasta las capas que gozaron sucesivamente de una «promoción social»; sobre todo, sin un tipo de comportamiento y un tipo antropológico de individuo dominado por la apatía y el cinismo, preocupado únicamente por las ínfimas y preciosas mejoras que a fuerza de astucia e intrigas podía aportar a su nicho privado. Se instala la nueva clase, la Nomenklatura y el GULAG.

Dado que consideramos que el debate ideológico y programático es necesario en la discusión del Socialismo del siglo XXI, tratamos de fijar posición: Si el Socialismo del siglo XXI se nutre del marxismo-leninismo, el Socialismo del siglo XXI regresa al estalinismo en un salto instantáneo. Solo con una praxis y crítica revolucionaria del desmontaje de los fetiches, dogmas, falacias y mitos del “marxismo-leninismo”, será posible conjurar algunos de los errores teóricos mas graves de las experiencias del estatismo oligárquico que dominó el campo soviético. Es la estadolatría un obstáculo fundamental inherente a las premisas del estalinismo-burocrático. A partir del período 1927-1931, cuando se resuelve definitivamente en favor de Stalin la "crisis de sucesión" abierta por la prematura muerte de Lenin en 1924, el régimen soviético degeneró en un poder totalitario con colectivización forzada, un frenético culto de la personalidad, la criminalización de toda oposición, la omnipresente influencia de la policía secreta y la imposición de un monolítico marxismo-leninismo en todas las áreas de la vida.

El Socialismo del siglo XXI debe deslindarse radicalmente de toda la tragedia humana que se deriva del estalinismo-burocrático. Ese es uno de los retos del presente.

http://www.aporrea.org/ideologia/a32027.html

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