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FIRMAS DE FaCES

La vanguardia insurrecta / Luis Britto García

La vanguardia insurrecta / Luis Britto García

Poetas, prosistas, provocadores
¿Puede haber revolución sin literatura revolucionaria? ¿Puede haber literatura revolucionaria sin revolución? En 1958 cae el dictador Pérez Jiménez. Irrumpen la participación política y los proyectos renovadores. En literatura cristalizan nuevas perspectivas y grupos. Sardio reúne desde 1958 a los poetas García Morales, Guillermo Sucre, Edmundo Aray, Rodolfo Izaguirre, Efraín Hurtado y Adriano González León.

Sus textos lindan con el poema en prosa y se vuelcan hacia la interioridad, con lenguaje riguroso, afecto a simbologías eruditas, y según Juan Liscano, atento a "los matices innumerables de la vida interior y onírica, la meditación sobre el tiempo, el amor y la muerte".

Empieza la represión política. Adeptos de Sardio buscan un compromiso más directo para abordar en forma detonante la realidad violenta. Edmundo Aray, Rodolfo Izaguirre, Efraín Hurtado y Adriano González León desertan de Sardio, reclutan a los poetas Juan Calzadilla y Caupolicán Ovalles y a los pintores Dámaso Ogaz y Carlos Contramaestre, y en 1961 se agrupan bajo el estrambótico nombre que éste inventa, El techo de la Ballena.


El surrealismo armado
El techo irrumpe en la vía pública con provocaciones fabulosas, piedras de escándalo contra bienpensantes y medios de comunicación pacatos. Edmundo Aray, promotor cultural estrella, coordina sus disímiles talentos para bromas literarias como el Home naje a la cursilería, que satiriza la precariedad estética del populismo gobernante, o el Homenaje a la necrofilia, en la cual una exposición de vísceras de ganado recolectadas por Carlos Contramaestre se vuelve terrible emblema de la mortandad de la represión, y es clausurada por las autoridades. Adriano González León puntualiza que "El Techo de la Ballena reconoce en las bases de su cargamento frecuentes y agresivos animales marinos prestados a Dadá y al Surrealismo". Los "balleneros" no introducen esos movimientos: asumen el compromiso político y vital que siempre revistieron en sus lugares de origen, y que previos importadores habían omitido hasta reducirlos a modas culturales.


Las ediciones de la revuelta
El grupo es también editorial que, paralelamente con Ediciones Bárbara de Pedro Duno, Nueva Izquierda y San Carlos Libre (por la prisión política homónima) terminan integrándose en el Fondo Editorial Salvador de la Plaza, canal de disidencia estética y política. Otros insurgentes fundan la reflexiva Tabla Redonda, dirigida por el poeta y periodista Jesús Sanoja Hernández, la cual convoca a Rafael Cadenas, Ángel Eduardo Acevedo y Francisco Pérez Perdomo. En letra roja, cuyo nombre lo dice todo, divulga la creación del pensador y poeta Ludovico Silva, de Orlando Araujo, Carlos Noguera, Gustavo Luis Carrera, Adriano González León y Manuel Espinoza. Los filósofos Pedro Duno y José Rafael Núñez Tenorio toman las armas y eluden la represión entre silogismo y silogismo. Crítica con temporánea agrupa a los irreductibles izquierdistas Juan Nuño, Germán Carrera Damas, Gustavo Luis Carrera, Federico Riu, Orlando Albornoz, Rafael di Prisco y Pedro Duno. Edmundo Aray prolonga hasta los setenta el debate político y estético en la revista afiche Rocinante. De tono beligerante, directo y popular es el semanario humorístico La Pava Macha, que dirige Francisco José Delgado (Kotepa) y animan Aquiles y Aníbal Nazoa, Jaime Ballestas (Otrova Gomás), Manuel Caballero, Igor Delgado, Rubén Monasterios y Luis Britto García. Un tanto alejada del debate político, la revista multigrafiada En Haa difunde textos de José Balza, Lubio Cardozo Soto, Carlos Noguera, Teodoro Pérez Peralta, Jorge Nunes, Argenis Daza Guevara, Víctor Salazar y Aníbal Castillo, signados por preocupaciones estéticas personales.


Tema nuevo en odres viejos
En la literatura radical estalla la polémica sobre si lo revolucionario ha de ser el contenido o la forma. Una primera narrativa elige la anécdota violenta, sin innovaciones técnicas. Tal sucede en El rojo en la boi na azul, de Virgilio Torrealba Silva, escrita en prisión. La peripecia de un estudiante insurrecto es narrada dentro de moldes que Miguel Otero Silva había agotado al describir la protesta de 1928 en Fiebre. Octavio Beaumont en Tiempos difíciles cuenta en forma directa episodios de confrontación. Eduardo Casanova en Hacia la noche novela con prosa elegante la lucha armada como disputa sin visibles raíces sociales entre miembros de una misma familia. José Santos Urriola en La hora más oscura simplifica la contienda como oposición de oscuridad y claridad en una imaginaria Ciudad Luz. Héctor Mujica realza poéticamente el tema en Las tres ventanas-cuentos escogidos.


Violencia sin testimonio
Ramón Bravo (1934) recurre a la experimentación formal extrema en Las 10 pm me nos nunca, Bajo su desahuciada piel (1967) y Sobre algún tejado comenzará la guerra (1974). El panorama de una ciudad quizá sacudida por la violencia es aludido con un hermetismo directamente emparentado con la vanguardia esteticista, con fragmentación de espacios y de tiempos narrativos casi indescifrable. Luis Alberto Crespo la considera "una obra lamentable, una narración inmadura que evidencia falta de disciplina y rigor en el oficio literario".


Narrativa de la violencia
Sin convencionalidad narrativa ni hermetismo extremo surge en fin otra narrativa que expone anécdota violenta o situación social con nitidez, pero potenciándola con técnicas como el extremo despojo de la prosa, el monólogo interior, el coloquialismo, los ritmos entrecortados y trepidantes, la multiplicidad de hablas y de puntos de vista. Vienen los testimonios de Efraín Labana Cordero y Ángela Zago y las obras mayores de Argenis Rodríguez, Adriano González León, Eduardo Liendo, Manuel Trujillo, Orlando Araujo, Carlos Noguera y quizá de quien esto escribe.


PD: Circula ya mi titulo número 58, Las letras de El Dorado, Historia de la Literatura Venezolana en la Multienciclopedia de Venezuela.

Últimas Noticias, Pare de sufrir, 18-03-2007.

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