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FIRMAS DE FaCES

La Sinfónica Juvenil, Dudamel y Tiempo: constructores de amaneceres / Mery Sananes

La Sinfónica Juvenil, Dudamel y Tiempo: constructores de amaneceres / Mery Sananes

Esta fue una ocasión particularmente extraordinaria. Asistimos a la conjunción de tres esfuerzos gigantes: La Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana, el pianista Sergio Daniel Tiempo y el conductor Gustavo Dudamel. Dos obras:  Chopin y Mahler. Tres tiempos, tres formas diferentes de invocar la vida y dos resultados que se inscriben en el hoy, con fuerza inusitada y poder infinito.

Chopin, en su concierto No.1 para piano, nos regala una melodía, que atraviesa todo el concierto, dibujando el amor y la melancolía con el ímpetu de un corazón que sueña. Mahler es otra dimensión. Se conjugan en él la acuarela de todos los sentimientos a través del lenguaje de cada instrumento, como un expediente que recoge el misterioso regalo de la vida, como un cauce abrupto de penas y estallidos, alegrías y ternuras, que se insertan en la gran tragedia del hombre.

Daniel, a quien ya habíamos escuchado la semana pasada con el tercer concierto para piano de Beethoven, dejó una vez más plasmadas las posibilidades creadores de quien, más allá de la técnica, se sabe a sí mismo, no sólo intérprete de un compositor, sino recreador él, en este tiempo, de su majestuosa voluptuosidad.

La Orquesta es el asombroso ensamblaje de jóvenes que en su poder de convicción, en su entrega a la canción, la intensidad de sus fuegos, son capaces de abordar cualquier obra con la misma pasión y seducción. Se rompen los mitos de las tradiciones. Nuestros muchachos, como todo hombre en cualquier parte del mundo, sólo tienen que seguir la aventura de la creación como un compromiso militante con la vida, para alcanzar la excelencia.

Hay un calor del trópico, una incandescencia de lo que somos, que deja sus notas particulares sobre cualquier interpretación técnicamente perfecta. Por eso, el día anterior, se pudo pasar con facilidad de la Quinta Sinfonía de Tchaikosvky a la Noche de los Mayas de Revueltas, para dejar salir todas las percusiones que pusieron a volar la noche en tiempos inesperados.

Y todo ello bajo la magia de un joven, hechura de su propio empeño de hacer suya la música, de entregarse a sus vaivenes con su propia e insustituible energía. Gustavo Dudamel logra, a través de su fuerza y vigor, hacer de los acordes un episodio para la memoria de quien lo escucha. Una herramienta para vernos a nosotros mismos. Una huella para navegar en ella hacia la propia reconstrucción de nuestras opacadas y preteridas condiciones creadoras.

Gustavo Dudamel, en cada ocasión, dirige como si fuese la última vez. La música ya está en su interior, en forma de torbellino, que aguarda la noción de la batuta para esparcirse por el universo de sonidos que los jóvenes disparan como saetas iluminadas sobre quienes escuchan.

Sólo que esta experiencia no puede quedarse en las compuertas de una sala, o de un Aula Magna. Si ese trabajo de creación no trasciende el aplauso, si no se convierte en fuerza interior en cada uno, para hacer de nosotros, un creador a esa medida gigante, sólo habremos sido unos pasivos espectadores, y habremos perdido la oportunidad de avanzar hacia los territorios que en verdad nos pertenecen.

Esto es igual frente al cuadro, frente al poema, frente al rostro de una mujer adolorida, o frente a la sonrisa detenida de un niño que no creció. Es lo mismo frente a la flor que engalana los caminos que no transitamos o el pájaro que nos regala su propio concierto, sin que a veces ni siquiera lo percibamos. Es igual frente a las canciones de Luis Mariano, o Shostakovitch. Cada cosa otorga su magia y su encantamiento a quien esté abierto a recibirlos, a nutrirlos, a desarrollarlos, a proyectarlos como una entidad creadora, que parte del individuo y se vuele colectiva, como el aplauso que brota espontáneo de cada quien tras la conmoción a la que nos somete la música así expresada.

Pero si al salir de la sala, nada nos ha ocurrido, si no somos más nosotros mismos y menos los que los otros hacen de nosotros, entonces ese esfuerzo gigantesco, monumental, extraordinario, se habrá perdido. No importa cuantas reseñas periodísticas se editen, ni cuantos nuevos conciertos se produzcan. La pasión, la entrega, el trabajo riguroso, la disciplina, la persistencia de estos muchachos no la habremos asimilado en su verdadero sentido y contenido.

La música está en el interior de cada quien, aguardando insurgir en forma humanizada. Este poco de música es una compuerta que se abre en la amurallada certeza de lo que no somos. Como una ventanita por la cual de pronto irradia la luz solar de los mediodías. Un vagón de porvenir que se detiene en nuestros oxidados andenes del pasado, esperando que nos subamos a él. El hilo de un papagayo por el cual ascender a la altura de los luceros, para desde allí divisar quienes somos.

Ojalá hagamos residencia en sus acordes y dejemos de ser simples turistas en la travesía de la vida que nos pertenece, hoy y aquí, individual y colectivamente. En este día se juntan la Sinfónica Juvenil Dudamel y Sergio para afirmar que aún tenemos constructores de sueños y porvenir en este expaís.

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