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FIRMAS DE FaCES

Gazapo mayor / Ignacio Avalos Gutiérrez

Gazapo mayor / Ignacio Avalos Gutiérrez

Estos tiempos venezolanos (que te toquen tiempos interesante, reza una maldición china) tienen su lado bueno, al menos para los articulistas. En efecto, no es difícil, para nada, encontrar un tema cada semana, al contrario lo complicado termina siendo, más bien, tener escoger entre varios asuntos de igual o parecido peso en la báscula del interés nacional. Es que Venezuela es, desde hace rato, un país “noticioso”. Para hoy, por ejemplo, el menú se presentaba muy variado. Meterle la uña a la reciente gira  del Presidente Chávez y tratar de calibrar lo bueno, lo malo y lo feo de ese periplo latinoamericano. Indagar en el tema del etanol, complejo por sus implicaciones geopolíticas y ecológicas.  Pasearse por las últimas cifras de Datanálisis, las cuales registran un aumento ostensible (22%) del consumo en la población de más bajos recursos y preguntarse, entonces, si puede ser visto o no como el anuncio de un país con nuevo rostro desde el punto de vista social. Averiguar por que misteriosa razón, después de haber sido un país decididamente impulsor de la misma, Venezuela no ha suscrito – y queda poco plazo para hacerlo - la Convención sobre biodiversidad cultural. O, por mencionar un último asunto, poner la lupa en la denuncia que algunos grupos están haciendo respecto Estos tiempos venezolanos (que te toquen tiempos interesante, reza una maldición china) tienen su lado bueno, al menos para los articulistas. En efecto, no es difícil, para nada, encontrar un tema cada semana, al contrario lo complicado termina siendo, más bien, tener escoger entre varios asuntos de igual o parecido peso en la báscula del interés nacional. Es que Venezuela es, desde hace rato, un país “noticioso”. Para hoy, por ejemplo, el menú se presentaba muy variado. Meterle la uña a la reciente gira  del Presidente Chávez y tratar de calibrar lo bueno, lo malo y lo feo de ese periplo latinoamericano. Indagar en el tema del etanol, complejo por sus implicaciones geopolíticas y ecológicas.  Pasearse por las últimas cifras de Datanálisis, las cuales registran un aumento ostensible (22%) del consumo en la población de más bajos recursos y preguntarse, entonces, si puede ser visto o no como el anuncio de un país con nuevo rostro desde el punto de vista social. Averiguar por que misteriosa razón, después de haber sido un país decididamente impulsor de la misma, Venezuela no ha suscrito – y queda poco plazo para hacerlo - la Convención sobre biodiversidad cultural. O, por mencionar un último asunto, poner la lupa en la denuncia que algunos grupos están haciendo respecto Estos tiempos venezolanos (que te toquen tiempos interesante, reza una maldición china) tienen su lado bueno, al menos para los articulistas. En efecto, no es difícil, para nada, encontrar un tema cada semana, al contrario lo complicado termina siendo, más bien, tener escoger entre varios asuntos de igual o parecido peso en la báscula del interés nacional. Es que Venezuela es, desde hace rato, un país “noticioso”. Para hoy, por ejemplo, el menú se presentaba muy variado. Meterle la uña a la reciente gira  del Presidente Chávez y tratar de calibrar lo bueno, lo malo y lo feo de ese periplo latinoamericano. Indagar en el tema del etanol, complejo por sus implicaciones geopolíticas y ecológicas.  Pasearse por las últimas cifras de Datanálisis, las cuales registran un aumento ostensible (22%) del consumo en la población de más bajos recursos y preguntarse, entonces, si puede ser visto o no como el anuncio de un país con nuevo rostro desde el punto de vista social. Averiguar por que misteriosa razón, después de haber sido un país decididamente impulsor de la misma, Venezuela no ha suscrito – y queda poco plazo para hacerlo - la Convención sobre biodiversidad cultural. O, por mencionar un último asunto, poner la lupa en la denuncia que algunos grupos están haciendo respecto a la explotación del carbón del Guasare, un proyecto, según señalan, del tipo “desarrollista salvaje”. Y, así, otros temas, los cuales podrían haber sido, con razón, el destino de estos 4.900 caracteres (sin espacio) que le debo entregar a Usted cada miércoles.

No obstante el amplio menú descrito me veo en la obligación de dedicar estas líneas a fin de enmendar un error cometido en el último artículo. Es necesario, me parece, no sólo porque se trata de una equivocación de bulto, sino porque me fue solicitada de diversas maneras por algunos lectores y es, en este sentido, un acto de respeto hacia los que se dan cita en esta columna. Siento, de paso, que la semana pasada me leyeron hasta los que nunca me leen. Por allí debe haber alguna ley del Señor Murphy que contribuya a explicar este fenómeno, redactada más o menos así : “Si usted escribe un artículo en el que, por la razón que fuere, dice algo que no debía decir, distorsiona un concepto o deforma un dato, ese artículo será leído por veinte veces más personas que los que usualmente lo leen”.          

Hace unos días la vida me aplicó severamente esta ley. Señalaba yo en el artículo referido que los venezolanos corremos el riesgo de mirar la violencia que empapa al país como un hecho habitual, un rasgo integrado, como con vaselina, a nuestra cotidianidad, el cual ya ni siquiera nos hace levantar las cejas en señal de asombro. Indicaba, así pues, que las estadísticas de criminalidad muestran un cuadro cada vez peor y que las muertes violentas, el dato más emblemático de esta tragedia nacional expresada en muchas otras cifras que meten miedo, han subido hasta convertirnos en uno de los países más violentos del continente. Citaba entonces, apelando a la autoridad del Centro para la Paz, de la UCV, que la tasa de homicidios había subido – aquí fue donde me resbalé –  de 37.000 muertos por cada 100.000 habitantes en el año 2005 a 45.000 en el  2006, lo cual hubiese significado, de ser ciertas, que los homicidios en uno y otro años habrían sido varios millones. Corrijo, pues : las mencionadas tasas son, respectivamente 37 y 45 muertos por cada 100.000 habitantes.

Me disculpo, así pues, por el error y le agradezco a los lectores que me lo advirtieron, incluso (aunque un poco menos, claro) a los que lo hicieron de mala manera, atribuyéndome manipulaciones con fines que usted no se imagina (ni yo tampoco, la verdad).

Harina de otro costal.

En las páginas de esta novela ingeniosa, bien escrita y muy grata, se dibuja a la Venezuela de finales de los ochenta y comienzos de los noventa, la del “caracazo”, pues. Años enredados en los que, según José Angel, su principal protagonista, el país semejaba un pasticho, no se sabe, dice, quienes son los malos y quienes los buenos, es una país en el que las mises quieren ser presidentes, los guerrilleros neoliberales, los militares revolucionarios y los astrólogos subversivos.

En este contexto, su autor cuenta la vida de una familia caraqueña de clase media y a través de un relato conmovedor, que duele a ratos y que inclusive llega a dar rabia, describe como se va desintegrando, metáfora de la desgracia de un país que también se desmoronaba y descomponía, un país desconcertado al que no pareciera caberle ni siquiera un poquito de futuro, convertido para muchos en un lugar en el que resultaba cada vez más difícil estar.

Digo lo que digo a propósito de “La Ultima Vez”, la primera novela de Héctor Bujanda, la cual deja entrever, me parece, a un escritor muy importante para el lector venezolano, y  latinoamericano, de los próximos años.

El Nacional, miércoles 21 de marzo de 2007.

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