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FIRMAS DE FaCES

Democracia socialista, sí. Marxismo-leninismo, no / Javier Biardeau

Democracia socialista, sí. Marxismo-leninismo, no / Javier Biardeau
El anuncio de una vía rumbo al Socialismo en el proceso de Revolución Bolivariana, y la indispensable consideración de un singular momento de transición histórica han abierto un conjunto de interrogantes, posiciones e intervenciones que permiten conjeturar que el clima de discusión democrática se torna más denso y consistente, cualificando el debate en la esfera pública.

Si como ha dicho Gramsci, todos los seres humanos somos intelectuales, entonces somos sujetos capaces de razonar y de emplear reflexivamente el discurso en la esfera pública, aunque los aparatos hegemónicos acrediten a través de dispositivos de violencia simbólica a algunas capas a cumplir funciones intelectuales, es decir, de influencia decisiva en la vida intelectual y moral de determinados grupos, estratos, sectores y fracciones de clase.

Asumiendo la práctica teórico-crítica como un momento inmanente a la praxis del día a día, se cualifican las capacidades de intervención política. Educación popular, formación política, comunicación pública e intervención en la resolución de los problemas de la vida diaria constituyen eslabones claves para movilizar la conciencia política de un pueblo. En las actuales circunstancias, viejos dogmas, ortodoxias y posiciones oportunistas-reformistas se han visto sacudidos por la posibilidad de construir colectivamente un nuevo socialismo, en el cual de poco sirven las citas de autoridad, las cuotas de poder, el espíritu de clientela cautiva, y las imposturas intelectuales.

El presidente Chávez ha propuesto definir el nuevo socialismo venezolano del siglo XXI como bolivariano, indo-americano y humanista, dejando atrás tanto las imposturas del dogmatismo “marxista-leninista” como del reformismo-oportunista. Comparto el criterio de calificar de dogmático al marxismo-leninismo, así como en una serie de artículos he propuesto analizar en profundizad su estudio histórico, político y teórico del mismo, para desentrañar su vinculación con las operaciones político-ideológicas del estalinismo-burocrático.

Sobre el imaginario socialista es inconveniente buscar atajos en dogmas, en manuales y en llamado marxismo vulgar. Los debates epistemológicos, de filosofía de la ciencia o de historia de la ciencia dejan muy mal parado el supuesto carácter científico del marxismo-leninismo. El “Socialismo Científico” es una impostura, no hay leyes históricamente necesarias en las sociedades (solo hay tendencias y contra-tendencias que abren escenarios) y los enfoques nomológicos han hecho aguas, por la gran cantidad de supuestos inverosímiles que ha tenido que introducir a sus teorías para acercarlas a los ideales positivistas y naturalistas de unas tecno-ciencias llenas de turbulencias, complejidades, relatividades e indeterminaciones.

El materialismo histórico y el materialismo dialéctico constituyen inventos muy posteriores a los planteamientos de Marx y Engels. Fue Stalin quien denominó al leninismo como el marxismo de la época imperialista. Las verdades dogmáticas son verdades de partido-aparato y hay que desenmascararlas. Es un error caracterizar al partido unitario de la revolución como un partido ideológicamente monolítico, con una estructura orgánica y de funcionamiento basada en el centralismo democrático, cuya disciplina y definición de cuadros es un calco y copia de la doctrina leninista del partido. Y es un error porque las condiciones históricas, políticas, culturales del momento revolucionario presente son muy diferentes a las condiciones de la sociedad rusa de entonces. Así mismo, hay suficiente evidencia que confirma que la cultura política del partido-aparato leninista constituye una excelente maquinaria de centralización pero al mismo tiempo es una maquinaria de destrucción de la democracia, lo que prefigura un Estado simplemente despótico.

Otra falacia es aquella que plantea que “la mayoría de las revoluciones socialistas triunfantes que se han desarrollado en el mundo han sido conducidas por partidos que han asumido el marxismo-leninismo como planteamiento ideológico-orgánico de vanguardia de la revolución socialista, adecuada a sus realidades concretas”. Esto para América Latina es una gran mentira.

Las precisiones históricas son indispensables. La revolución bolchevique se hizo sin la conducción del marxismo-leninismo. Lo que se hizo con conducción del marxismo leninismo fue la construcción del estado despótico estalinista.

Es a partir de 1936 cuando se cristaliza y completa el proceso de estalinización de los partidos comunistas a lo largo y ancho del mundo. En Asía, las revoluciones triunfantes se hicieron con fuerzas motrices e ideológicas propias y ciertamente con el apoyo estalinista, pero el marxismo-leninismo de Mao, y su particular lectura de la contradicción mostró una clara orientación nacional-popular y autónoma, generando un cisma geopolítico que afectó el campo socialista por largos años.

Y más contundente aún es la situación de América Latina y el Caribe. Ningún partido marxista-leninista logró conducir una revolución triunfante en estas latitudes, por razones histórico-políticas que se pretenden silenciar o invisibilizar. Una visión de una revolución por etapas, una subordinación a Moscú, un silencio cómplice de los acontecimientos de Hungría, Checoslovaquia, Polonia, entre otros, nos muestran a PC apéndices, para nada consustanciados con las exigencias de los movimientos populares revolucionarios en Nuestra América.

Las manifestaciones de subordinación a la línea política del Comitern se expresan en América Latina con la posición del los diferentes PC y la táctica de los “frentes populares” contra la amenaza fascista. Con la asunción de las resoluciones del VII Congreso del Comitern en 1935 se hace oficial esta directriz. En Perú, el PC propone el Frente Democrático, apoyando la candidatura de un representante de la oligarquía liberal, Manuel Prado. En Colombia, esta línea política de subordinación a Moscú permite que en 1938, el PC apoye a Eduardo Santos, jefe de la derecha liberal. En México, en 1939, el PC apoya el ala moderada de Ávila Camacho frente al ala de izquierda del General Mújica en el Partido de la Revolución Mexicana. El Programa antiimperialista de la política de los “frentes populares” en América Latina se desdibuja con el acercamiento de la URSS y los EE.UU contra la alemanía nazi. Posteriormente, en 1944-45 la política Browderista hizo estragos en la línea revolucionaria anticapitalista, generando expectativas ilusorias sobre el fin de la política imperialista.

Luego, el post-browderismo no fue nunca más allá de los llamados a los frentes de unidad nacional, consolidando una etapa de moderación política que inhibió las energías revolucionarias. Innumerables evidencias apuntan a que los PC marxistas-leninistas no condujeron revolucione socialistas triunfantes en América Latina y el Caribe, ni en Guatemala, ni Cuba, ni en Chile, ni en Nicaragua, ni en Bolivia, y con salvadas excepciones (Brasil y Colombia, por ejemplo) lograron tener mayores márgenes de maniobra con relación a la política de subordinación a Moscú, pero no alcanzaron en ningún caso poner en jaque a la clase dominante. Estos márgenes de maniobra no implicaban ruptura alguna con la subordinación estalinista, y cuando fueron asumidos de manera consecuente con una línea revolucionaria, tuvieron que seguir la dirección de un movimiento de liberación nacional cuyas raíces nacional-populares colocaban en aprietos a los dogmas del marxismo-leninismo.

Entonces, los partidos marxista-leninistas en América latina, ni pro-soviéticos ni pro-maoistas, han conducido ninguna Revolución Socialista triunfante. Incluso, en nombre del verdadero marxismo-leninismo, todos conocemos lo que ocurrió en Perú con Sendero Luminoso y el Camarada Gonzalo. Mientras en Europa, los PC de Francia, España e Italia abrían las compuertas para una desestalinización profunda y una renovación del pensamiento crítico marxista (con sus errores y desaciertos también), en América Latina se reforzaban los dogmas de aparato y las mitologías alrededor de Stalin. De tal manera, que las falacias revolucionarias no soportan un contrate histórico.

La última extraña ocurrencia del marxismo-leninismo venezolano fue apoyar a Rafael Caldera y a Convergencia contra la candidatura de la Causa R de entonces. A partir de allí, el PCV ha reflotado gracias a su apoyo a Chávez y a la Revolución Bolivariana. En este contexto, justificar la vigencia del marxismo-leninismo es la vía directa y sin escalas al viejo socialismo burocrático del siglo XX.

La salida para los camaradas PCV es un profundo examen de la cuestión del pensamiento revolucionario en el siglo XX, sobre todo del pensamiento revolucionario nuestro-americano, y una renovación radical de sus tesis ideológicas, sin olvidar sus luchas pero reconociendo que una nueva etapa de la historia se abre, y que el PCV puede dar paso o a una corriente de opinión interna del PSUV o a un nuevo PCV marxista, leninista, pero no estalinista. La primera opción implica una recreación abierta, crítica, creativo y sin complejos de la obra completa de Marx, para construir un vasto movimiento democrático revolucionario, base social y política indispensable del nuevo PSUV. La segunda implicaría una riesgosa operación de reconversión ideológica en función de una unidad táctica con el PSUV. La tercera, mantenerse como están, los llevaría a la historia como el último partido estalinista del siglo XX en el siglo XXI.

El dogmatismo no puede eludirse, Marx también dijo: yo no soy marxista.
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