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FIRMAS DE FaCES

Gestión y digestión / Ignacio Avalos Gutiérrez

Gestión y digestión / Ignacio Avalos Gutiérrez

La escasez de recursos ha sido un tema eterno en estos predios.  Un presupuesto por lo general insuficiente, víctima, además, del primer  recorte  si  el barril petrolero se le ocurría venirse a menos en el mercado internacional.  Se trata de un gasto, no una inversión, decían los responsables del otrora Ministerio de Hacienda. También lo afirmaban no pocos senadores y diputados del otrora Congreso Nacional de la República. Y de allí no había nadie que los sacara. 

La nueva Ley Orgánica de Ciencia, Tecnología e Innovación, promulgada hace relativamente poco tiempo, pretende darle la cara, al menos en alguna medida, a este viejo y grave problema.  Se establece allí, en efecto, la obligación de que el sector productivo privado contribuya, junto al Estado, a financiar el desarrollo científico y tecnológico del país. Por esta vía – esto es, un porcentaje calculado a partir de los ingresos brutos devengados, el cual toca ser entregado en estos días -, se espera obtener recursos significativos con ese objetivo.

Pero lo importante no es sólo que se dispondrá de más dinero, sino, además, la manera como éste se puede a invertir.  En tal sentido, interesa subrayar al menos dos aspectos. Por un lado, el gran abanico de actividades susceptibles de ser apoyadas, vinculadas al fortalecimiento de las capacidades nacionales de innovación, es decir, un propósito bastante más amplio que el que se asocia a las meras tareas de investigación, (las cuales están incluidas, desde luego). Por otro lado, la inversión de los recursos ha sido pensada en función de la demanda y a partir de los fines que el propio sector productivo establezca, dentro del marco, claro, de los planes gubernamentales. En otras palabras hay una importante orientación en función del mercado, aunque, obviamente, una porción significativa de los recursos tiene su cauce  hacia las llamadas “demandas no solventes” y, así mismo, tiene como intención  reforzar áreas y temas de interés para la sociedad venezolana, más allá, digámoslo así, de lo que opine el mercado al respecto. 

En la gestión y la digestión de este previsiblemente alto volumen de recursos (alto, digo, según el patrón venezolano e, incluso latinoamericano), radica la clave para que podamos aspirar a cambios relevantes, evitando – es un peligro cuando se brinca de escala en la disponibilidad de recursos - que el dinero se nos diluya en programas e iniciativas que, luego de un tiempo, cuando toque la hora de evaluar, muestren que el avance experimentado fue de apenas unos centímetros. 

Se trata, así pues, asumir las complejidades implícitas en la inversión destinada a la formación de la gente y, sobre todo, al desarrollo de intangibles. De afinar las estructuras para que sean capaces de manejar cantidades de dinero que nunca se ha manejado y de hacerlo en conexión con un mundo muy diverso de actores sociales, cuyos intereses y lógicas son distintas, bajo la premisa de que el proceso de generación de conocimientos se encuentra “socialmente distribuido”, lo cual significa que no está reservado a un determinado “sector” de la sociedad.  Se trata de que el dinero vaya a donde tiene que ir, esto es, que haya sentido de la prioridad, de la oportunidad,  de la factibilidad, de la pertinencia socioeconómica. Que se disponga, en fin, de mecanismos para represar el dinero que no se pueda emplear por falta de oportunidades claras en este momento, a fin de que no cause indigestión y pueda depositarse en fondos que compensen, en un futuro, los posibles bajones presupuestarios venidos, bien sea desde el lado de los aporte públicos, bien desde el lado de los privados. 

El dinero no lo es todo, desde luego, pero vaya que ayuda. El cumplimiento de este cuerpo de normas a las que me refiero es una muy buena noticia para un país que debe terciar, a partir de sus condiciones y de sus  pretensiones, en la llamada “sociedad del conocimiento”, etiqueta a través de la cual suele identificarse a la sociedad contemporánea para subrayar que, en su desenvolvimiento, lo fundamental es el procesamiento de la “materia gris”. 

Harina de otro costal 

El Presidente Bush acaba de hacer una de las suyas.  Mediante decisión que calza su firma, trazada por un puño que actúa siempre, cree él, bajo las órdenes divinas, y sin que se advierta, por ende, ninguna caligrafía temblorosa, titubeante, prohibió terminantemente a los científicos de su país que hablaran de la posible extinción del oso polar como consecuencia, según lo muestran las investigaciones realizadas, de cambios en el hábitat antártico, tema que éste que, como se sabe, siempre le ha resultado espinoso.   

Sin necesidad de entrar a recordar un largo rosario de hechos perpetrado, como diría Mafalda, bajo su gobierno, uno observa que el Presidente Bush no le saca el cuerpo a ninguna arbitrariedad.

El Nacional, 28-03-2007.

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1 comentario

Rafael Godoy -

El Prof. Ignacio Avalos con razones de avanzada señala las bondades del dinero invertido en Ciencia y Tecnología, lamentablemente no dice el origen del dinero, aportes del empresariado. ?Pero esa forma de ordenar via legislativa que los particulares aporten al sector de ciencia y tecnología, es constitucionalmente viable, no vulnera el derecho a la propiedad?
Sería interesante que revisara la Ley y allí lo podría acompañar, para observar que lamentablemente se incurrió en vicios de legalidad e inscontitucionalidad, por lo que debería ser sancionada de esa forma por el TRibunal Supremo de Justicia.
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