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FIRMAS DE FaCES

Ministros destituidos / Ignacio Avalos Gutiérrez

Ministros destituidos / Ignacio Avalos Gutiérrez

Estuve en Chile la semana pasada en mi condición de desempleado por cuenta propia, una categoría que, a pesar mío, aún no ha querido ser aceptada por el INE. Asistí  a una reunión en la que se examinaba la internacionalización de la ciencia y la tecnología, tratando de sacar un balance de las cosas buenas y malas, también las regulares, que trae consigo para los países latinoamericanos.  Cuestión interesante ésta, por cierto, ineludible además, pues marca de manera profunda los nuevos esquemas institucionales, conforme a los cuales tiene lugar hoy en día la producción, distribución y uso de conocimientos y tecnologías.  

Apenas llegar a Santiago es imposible no darse cuenta de que el tema que absorbe, casi totalmente, a la opinión pública es el del nuevo sistema de transporte de la ciudad. Los medios no hablan de otra cosa, lo mismo ocurre con la gente en la calle.  Es que hace cuarenta y cinco días se puso en marcha un conjunto de medidas con la pretensión de transformar radicalmente el tráfico de la capital chilena, el cual se volvió una pesadilla para sus casi seis millones de habitantes, poniendo en serios aprietos al gobierno de la Presidenta Bachellet, y salpicando, incluso a Ricardo Lagos, su predecesor.  Como cerecita de la torta, amenaza, además, con llevarse por delante la imagen de Iván Zamorano, según dicen el mejor futbolista chileno de la historia (de paso, a mi me parece que los ha habido mejores), quien fue la imagen del proyecto ideado por tecnócratas de mucho prestigio, amén de altaneros, de cuyas charreteras profesionales nadie dudó hasta ahora. 

El plan Transantiago, que así se llama, fue inspirado por la experiencia de Bogotá, aunque con deformaciones, según me informa un amigo colombiano mientras desayunamos en el hotel. Es el resultado de exquisitos modelos matemáticos para hacer cálculos de oferta y demanda que subestimaron, craso error, el comportamiento real de los simples mortales a la hora de trasladarse de un lugar a otro.  Dicha conducta no pudo quedar encerrada en un puñado de variables, según señalo un sociólogo irreverente y con escasa cultura matemática, mientras escuchaba la presentación dada, con toda la parafernalia del power point, de labios de ingenieros presumidos, seguros de que “el nuevo sistema de transporte de Santiago era de tal calidad que no permitía error alguno”. 

En fin, y para no alargar el cuento, la crisis generada en la ciudad requirió que Michelle Bachelet se asomara por la televisión en horario estelar y pidiera perdón a sus conciudadanos.  “No es común que un Presidente se pare frente a la Nación y diga : aquí las cosas no se han hecho bien. Pero eso es exactamente lo que yo quiero decir”.  Y añadió luego : “Los ciudadanos merecen las disculpas de todos nosotros, ya que han debido soportar más dificultades que las tolerables.” Acto seguido le solicitó la renuncia a cuatro ministros de su gabinete a quienes señaló, sin pelos en la lengua, como los responsables del caso urbano creado, un hecho, por cierto, que algunos entendidos de la política consideran que podría pasar a ser, ¿exageración?, el enterrador de la Concertación, la alianza de socialistas y demo-cristianos que viene dirigiendo a Chile desde que Pinochet salió del Palacio de la Moneda. 

Los incidentes del Plan Transantiago lo asombran a uno, simple venezolano de a pie. Lo asombran, en primer lugar, por la enorme importancia que se le da a los problemas de la ciudad, por el afán puesto por las autoridades para mejorarla y hacerle más grata y fácil la vida a sus habitantes, algo que, por lo general no se ve entre nosotros, si no que lo diga Caracas, tan venida a menos en tantos planos, ninguno, quizá, tan significativo como el del transporte en sus varios aspectos.  Extrañan, también, por la forma en que el disgusto ciudadano chileno no se evapora en protestas que apenas trascienden el día en el que se efectuaron, sino que produce consecuencias, en este caso nada menos que la remoción de varios funcionarios del más alto nivel, así como el anuncio de un conjunto serio de enmiendas a fin de corregir los entuertos. Llama la atención, en fin, ver como la primera autoridad nacional se dirige al país y pide ser disculpada, un acto de hondo contenido democrático que tampoco es moneda de uso común en predios criollos. 

Mirando bien las cosas, en Chile no ha ocurrido nada que no deba verse como normal dentro de una democracia.  Lo que pasa es que a uno le parece raro ver a la política desenvolviéndose a propósito de la cotidianidad.  Hay la sensación de que entre nosotros la política marcha más bien por el carril de las grandes epopeyas, no por el  carril del día a día, el que tiene que ver, por ejemplo, con el metro, los buses, las camioneticas, el cambio del flechado de las calles, en fin el de las menudencias por el estilo. 

El Nacional, miércoles 4 /04/ 2007.

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