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FIRMAS DE FaCES

Un tema, cuatro momentos / Elsa Cardozo

Un tema, cuatro momentos / Elsa Cardozo

En 1815, Simón Bolívar publicaba en “The Royal Gazette” de Jamaica su conocida carta. Allí trazaba el mapa de los infortunios del proceso de emancipación y lamentaba el abandono de “todas las naciones cultas” pues “No sólo los europeos, pero hasta nuestros hermanos del norte se han mantenido inmóviles observadores” ante la “obstinada temeridad” española.

Después de que en 1848 el asalto al Congreso derrumbara la ya frágil institucionalidad republicana, Fermín Toro alentaba la mediación estadounidense “entre los partidos beligerantes que hoy dividen la nación”. Solicitaba al país cuya democracia tanto admiraba,“la protección, no de fuerza, sino de mediación y de consejo”. No estaba esa idea reñida con el respeto al principio de no intervención en un pensador que creía firmemente en la libertad y en el espíritu de asociación contra la consigna divisiva de los tiranos. En 1858, como Canciller, protestará la actitud intervencionista y amenazante de la escuadra franco-británica “que destruye toda idea de independencia y de igualdad entre las naciones”.

En el tránsito entre los siglos XIX y XX, al calor del bloqueo a las costas venezolanas, otro prominente intelectual venezolano escribía que mientras Latinoamérica siguiera “imperturbable en su indiferencia ante el problema de su propia conservación”, la Doctrina Monroe sería “el único escudo contra la incursión europea en el domino iberoamericano.” Era César Zumeta, quien había rechazado con buenas razones el expansionismo imperialista de EEUU, país al que reprochaba su abandono del “criterio democrático”. Luego, ante los peligros de la Gran Guerra, Zumeta recomendaría (infructuosamente) a Juan Vicente Gómez la alianza con Washington y con lo que su posición de principios representaba.

Mediando el siglo XX, en un mundo y un país donde la democracia representativa se abría espacio, fue Rómulo Betancourt el más visible y firme defensor de una idea mucho más avanzada, en contenido y forma, respecto a lo que Venezuela esperaba de la comunidad interamericana: “acordonar” profilácticamente, con medidas pacíficas y colectivas, a los regímenes que conculcaran las libertades de sus ciudadanos. Al proponer con “machacona insistencia” la adopción de medidas concretas de carácter colectivo, criticaba el silencio internacional ante el nuevo y terrible ciclo de gobiernos autoritarios que estaba por iniciarse. No dudó en reconocer las diferencias e interdependencias entre “las dos Américas”, tampoco en reclamar la ausencia de un compromiso multilateral y sincero con la democracia. Pasaron muchos años hasta llegar a la Carta Democrática Interamericana. Hoy, sin embargo, el silencio de los gobiernos arrecia.

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