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FIRMAS DE FaCES

El diputado que promueve los casinos / Luis Britto García

El diputado que promueve los casinos / Luis Britto García

1

Un viento de podredumbre sopla sobre la ciudad. El mal se extiende como  lepra en las noches atormentadas de disparos que no condescienden a la hipocresía de los silenciadores. Barrio por barrio y casa por casa y conciencia por conciencia se libra la batalla del crimen organizado transnacional  por las ricas industrias de la miseria: el préstamo usurario, el tráfico de drogas, la trata de personas, las casas de juego. Capitales sin nombre se legitiman comprando conciencias sin apellido. Los portones de la mansión erigida con fondos desconocidos se abren vomitando la caravana de autos blindados de procedencia problemática. Repletos de sicarios, guardaespaldas, tahúres, embaucadores,  traficantes y esbirros,  cruzan violentamente las esquinas entre el pánico y el desprecio de los ciudadanos. Uno tras otro frenan ante al gran edificio. Hacia las puertas ornamentales corren las escuadras de pistoleros. Con gestos convenidos se comunican cuando cada sector está tomado. La operación es perfecta. Nadie ha resistido. El mal siempre gana porque sus cómplices son la codicia o el miedo.  En  medio de la sala levanta la mano para legalizar el delito el diputado que promueve los casinos.  

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El diputado que promueve los casinos discursea sobre la ética, la honradez, la moral, las luces, la ideología,  el sacrificio, el esfuerzo, el trabajo,  los valores, la patria. Una ficha de juego salta del bolsillo del diputado que promueve los casinos, rebota en la tribuna de los poderes,  salta por las ofrendas florales, trastrabilla ante la lápida del soldado desconocido, rueda ante el ostentoso pabellón con los colores patrios,  rueda ante la sotana del arzobispo, corre ante jueces y diputados y oficiales y los coros de escolares, tiembla, gira como un trompo  sobre sí misma, relumbrante. “Hagan su juego” grita un pordiosero que hace sus necesidades tras un matorral. Una sonrisa despectiva desgarra el rostro del Honorable Embajador de los Estados Unidos. El jefe de la banda marcial alza la batuta y mientras todos pretenden que no pasa lo que pasa la ficha se acuesta ante la estatua del prócer al compás de las Gloriosas Notas del Himno Nacional de la República.  

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En la ciudad del diputado que promueve los casinos el correo  nunca llega pero si llega trae un único mensaje. Cuando el sobre está sellado  el cartero pone cara de circunstancias y lo coloca  en el gran saco en el cual ya no viajan mensajes de amor ni de esperanza. Con reluctancia toca la puerta  y cuando le abren se quita la gorra estropeada y pone cara de  pésame  y ya no es necesario abrir el sobre que contiene el único mensaje: la ficha del soborno o la bala del funeral. A veces el sobre trae también una foto de grupo familiar y el destinatario debe salir a buscar prestado un revólver del calibre adecuado para descerrajarse la bala que le obsequian y comprarle unos días de vida más a los fotografiados. Se dice que pronto en la ciudad sólo quedarán sobornados o muertos. Nadie ignora en cuál  grupo está el diputado que promueve los casinos.  

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El diputado que promueve los casinos chupa un canapé de caviar mientras a su lado el Embajador confía en inglés a su recién llegado Agregado Militar: -No hay que dejarse engañar por rumores de revolución. Para evitar una revolución  no es necesario invadir un país: basta convertirlo en cloaca. El diputado que promueve los casinos asiente sin comprender mientras devora un canapé de hígado de ganso.-Ya no tienen sentido los espías: nuestra mejor Quinta Columna es el Crimen Organizado.- El diputado que promueve los casinos sonríe mientras deglute  un canapé de ketchup. –Estados Unidos pudo invadir Italia porque hizo un pacto con la mafia y ahora la mafia domina Italia y Estados Unidos.  La mejor cadena es el vicio. Calcule usted si puede haber revolución en un país que se entrega a la mafia.- El diputado que promueve los casinos se atraganta con un canapé de cangrejo. A lo mejor comprende.  

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Tras la muralla de vidrio iluminado de los casinos se extiende el hedor a lenocinio de las salas de juego donde la trata de personas inventa paraísos blandos que se pagan en moneda dura.  El diputado que promueve los casinos acude ante la convocatorio de los capos de todos los capos que discuten lo único a discutir en el país, que es su reparto. Extranjeros con trajes caros que parecen baratos  reclinados en moblajes baratos que  parecen caros lo contemplan tras sus lentes oscuros. El diputado que promueve los casinos se contempla gesticulando multiplicado  en los cristales negros,  sin arrancar una sonrisa mientras explica la comisión que espera recibir por diputados dóciles y la renta por  jueces complacientes y la propina por funcionarios plegadizos. En los cristales negros de los lentes oscuros que lo multiplican ve el reflejo de los sicarios que se le acercan por la espalda, y un líquido le corre por la pierna hasta empozarse en la alfombra que parece y es barata. El diputado que promueve los casinos comprende que lo han sustituido por alguien más barato  en el momento en que revientan los disparos. 

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En el momento en que revientan los disparos estallan los cohetes de Año Nuevo que cubren  la fusilería de los revolucionarios  que tapan los rugidos de los automóviles que arrancan hacia los aeropuertos  donde asalta los aviones  una turba de tahúres, sicarios, embaucadores, sayones, fulleros,  gusanos  y diputados  que huyen con el dictador que acaba de anunciar su renuncia por la radio. El pueblo destruye casinos, garitos y salas de juego, rompe  vitrinas con  mesas de bacará, revienta  ruletas contra las aceras, desventra traganíqueles a mandarriazos. Es el primero de enero de 1958 en La Habana. El pueblo acaba con los casinos porque comienza una revolución. En una cuneta, bajo un montón de fichas de juego termina de pudrirse el diputado que promueve los casinos. 

 

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