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FIRMAS DE FaCES

La muerte del compatriota Chimaras / Ignacio Ávalos Gutiérrez

La muerte del compatriota Chimaras / Ignacio Ávalos Gutiérrez

Lo conocí en tiempos que se han hecho lejanos, cuando el MAS era el MAS y andaba en la búsqueda del “socialismo a la venezolana”. Eran tiempos en los que la izquierda sensata del mundo se ocupaba de tragar el fracaso civilizatorio encarnado en la fórmula soviética, administrada por Lenín, Stalin y por los que le siguieron después, hasta que, al fin, Gorvachov se inventó lo de la perestroika y el glasnot.  Aunque, eso de que lo conocí es palabra mayor, pues sólo me lo encontré en algunas pocas reuniones, junto a la gente que apoyaba la candidatura presidencial de Teodoro Petkoff en su pretensión de derrotar al bipartidismo adeco-copeyano, ese casi eterno y poderoso duopolio de la política nacional, pretensión, de paso, que aterrizó en un escuálido 5%, el famoso 5% histórico del que habló para siempre José Ignacio Cabrujas. Yanis Chimaras me pareció, en las contadas ocasiones en que lo vi, una persona agradable e inteligente, muy dada a preocuparse por la política nacional, por la suerte del país.            

Asesinado hace quince días, le tocó la desgracia de ser, esta vez, el rostro conocido de una tragedia venezolana hecha de miles de caras anónimas, sesenta de ellas, por ejemplo, muertas el antepasado fin de semana, sin que se produjera escándalo alguno entre nosotros. Le tocó ser la razón de que el gobierno apretara el acelerador en las investigaciones de su muerte, la de un compatriota simpatizante del proceso.  La razón de que, en vista de ello, un alto funcionario asomara, en inoportunas declaraciones, la odiosa distinción entre “mis muertos” y “los otros muertos”.  La razón, así mismo, de que las autoridades competentes desempolvaran las muchas buenas ideas que dicen tener y los muchos programas que, de un momento a otro, se pondrán en marcha para hacer del nuestro un país tranquilo y sin nervios, como anhelamos todos. La razón de que nos acordáramos de que la reforma policial ha sido engavetada y oyéramos a José Vicente Rangel reconociendo, hace pocos días, que el Estado carece de estrategias y políticas en materia de seguridad. La razón de la incredulidad que ha suscitado el zepellin del Alcalde Barreto encargado, según nos explicó, de custodiar a los caraqueños desde el cielo (aunque no mencionó para nada la ayuda de Dios). A Chimaras le tocó ser, también, así pues, la razón de que los venezolanos volviéramos a hablar, con susto, de una situación que se nos está transmutando en hábito urbano. La razón , en fin, de que este articulista de a pie regrese de nuevo al tema con el propósito de repetir cosas que ya ha escrito, impulsado por el afán de colaborar para que la violencia no se nos convierta en resignación, encogimiento de hombros, un qué le vamos a ser, así es este país, que vaina, sálvese quien pueda, coño. 

A Yanis Chimaras, ese querido y popular actor, directivo del grupo de artistas bolivarianos simpatizantes del gobierno, le toco ser el muerto encargado de traernos a la memoria, así pues, una sociedad, la nuestra, en donde la inmensa mayoría de los asesinos y los asesinados son jóvenes, algunos casi niños. En donde el homicidio se esta convirtiendo en un rasgo constitutivo de los ambientes más pobres. En donde el crimen está tomando ribetes de crueldad.  En donde matar es cada vez más fácil, no sólo porque cualquiera puede andar armado, sino porque se encuentran muy pocas trabas, incluso éticas, para no hacerlo. Una sociedad, en suma, que ha pasado a ser la más violenta de América Latina, y una de las más violentas del planeta, de acuerdo con unas cifras que te ponen la piel  de gallina. 

Harina de otro costal. Quería hablar de la ratificación de Richard Páez al frente, con éxito, de la selección vinotinto, luego de que él y la Federación Venezolana de Fútbol habían convenido en que la relación terminaría una vez finalizada la Copa América. Deseaba hablar del misterio que la rodeó, de la falta de información, no sólo de parte de las autoridades del balompié nacional, sino de los tres candidatos que se barajaron para sustituirlo, Farías, San Vicente y Maldonado, quienes no dijeron ni pío. Quería reclamar porque se nos deben muchas explicaciones, y alegar que, hasta que no se nos den, nadie nos puede culpar si nos ocurren malos pensamientos.             

Quería hablar de esto, digo, pero, en vez de ello, debo pedirle excusas a quienes se dan cita aquí, cada miércoles, dado que la semana pasada no salí al aire, debido a un desentendimiento entre mi computadora y la de El Nacional, cuestión, parece, de chips que no congenian. Habiendo enviado el artículo correspondiente, este no llegó, quien sabe en que vericueto del ciberespacio se habrá quedado. Pido excusas, entonces, aunque sea inocente, una pobre víctima de le tecnología, la cual, como se sabe, nunca falla, hasta que falla. 

El Nacional, miércoles 9 de mayo de 2007.

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