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FIRMAS DE FaCES

La revolución y los medios / Elsa Cardozo

La revolución y los medios / Elsa Cardozo

El  domingo 24 de febrero de 1957 el New York Times publicó en primera plana: “Rebelde cubano visitado en su guarida. Castro aún está vivo y luchando en las montañas”. La foto y la firma del barbudo desmentían la noticia de su muerte en el desembarco del Granma.  

La entrevista había sido  propuesta a la oficina del Times en La Habana por un emisario del mismo Castro. El periodista designado fue Herbert L. Mathews,  corresponsal de amplia experiencia, pero ya entonces polémico por su tendencia a tomar partido, demostrada en otras misiones. Tan trascendente fue el impacto de ese artículo y los que le siguieron, que Mathews se definió, no sin arrogancia, como “el hombre que inventó a Fidel”. Es ese el título del libro de Anthony DePalma (PublicAffairs, 2006) en cuya trama el trabajo del entrevistador y su simpatía por la revolución se combinan con el debate en Estados Unidos sobre el sentido de su política exterior y la naturaleza de la transición cubana. 

En esta lectura encontramos elementos característicos de la relación de Castro con los medios, a los que siempre dio gran importancia; y no precisamente para estimular la libre expresión de ideas. A paso de los años,  en cambio, se puso en evidencia que la práctica de la censura por la dictadura de Batista (que incluía el recorte de los artículos “inconvenientes” en la prensa extranjera que, con todo, llegaba) se quedaría pálida comparada con la que estableció la revolución.  

Castro, empeñado en consolidarse como líder del movimiento rebelde,  conocía el valor de proyectarse en la prensa de Estados Unidos. Con los artículos de Mathews se presentó ante el mundo y entre los cubanos -violando la censura de la dictadura- como comandante y dirigente clave, a la vez que dejaba la impresión que mejor le convenía sobre la naturaleza, organización y tamaño de la guerrilla que lo rodeaba. Se valió del veterano corresponsal para contactar a otros medios estadounidenses y lograr la atención de la prensa internacional, precisamente a lo largo de los casi dos años que serían decisivos para el derrocamiento de Batista. Eran los días en los que el lema “revolución democrática, socialista y nacionalista” circulaba en Revolución, el periódico del Movimiento 26 de julio. 

A cuatro meses de tomar el poder, en abril de 1959, durante la visita que por invitación de la Sociedad Americana de Editores de Periódicos hizo a Estados Unidos, Castro dijo públicamente a su recién homenajeado Mathews,  que lo  había engañado en cuanto a los hombres con los que efectivamente contaba en febrero de 1957; enfrentó los reproches y reclamos por las ejecuciones sumarias; negó la infiltración comunista en su gobierno; habló de su respeto por las inversiones extranjeras y sobre la esencia socialdemocrática de su revolución. 

Del uso instrumental de medios y periodistas, pasó Castro, a medida que consolidó su poder, al control de la información que entraba, salía y circulaba en Cuba. Prensa, radio y televisión –siempre disponibles para los larguísimos discursos del comandante- quedaron en manos de su régimen. Comenta DePalma al final de su libro que, desde la entrevista en la Sierra Maestra, Castro no ha hecho más que “descomponer y reescribir la historia para ponerla al servicio de su propio mito”. ¿Quién inventó a quién?, ¿quién utilizó a quien?, debió preguntarse el propio Mathews al final de sus días, más ocupados en su autodefensa que en la de la libertad de expresión que perdieron los cubanos.    

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