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FIRMAS DE FaCES

Responsabilidad intelectual, respeto a las personas y tolerancia / Víctor Rago

Responsabilidad intelectual, respeto a las personas y tolerancia / Víctor Rago

Palabras pronunciadas por el Decano en el Acto de Imposición de Medallas a los graduandos de pregrado de FaCES (21-06-07).

La jubilosa ocasión de la imposición de medallas suele constituir una buena oportunidad para reflexionar sobre la institución en que se han formado Uds., apreciadas y apreciados jóvenes, y de la que se aprestan a egresar.

La universidad es por antonomasia el espacio ideal para el ejercicio de las facultades intelectuales y la reflexión creativa. Ámbito abierto que acoge hospitalariamente las más diversas visiones del mundo y los sistemas conceptuales que les sirven de sustento, con la condición de que se formulen en los términos del pensamiento racional, la universidad propicia su contrastación por medio del debate y exige el libre escrutinio de la ideas, repudiando todo dogmatismo y la invocación de sedicentes principios de autoridad doctrinal que en lugar de razonamientos consistentes pretenden hacer valer vetustos títulos históricos, como si valor de los conceptos fuera una cuestión de prosapia.

Convendrá que nos detengamos brevemente en este punto. Por un lado, las ideas, las propuestas teóricas, deben necesariamente presentarse en formato de pensamiento racional y exponerse a la crítica de los pares. Por el otro, es preciso distinguir claramente entre la crítica de las ideas y la consideración de las personas.

Es preciso advertir que en la universidad el acto de pensar entraña una considerable responsabilidad. Su magnitud es equivalente a la responsabilidad que supone estar en ella y no pensar. Siendo la universidad el domicilio por excelencia de la actividad intelectual, resulta inconcebible –o si se me autoriza la cacofonía, impensable- estar en ella sin pensar, sin ejercitar el espíritu creador. Desdichadamente, de vez en cuando es posible en la universidad encontrarse en presencia de tamaña contradicción.

En la universidad pensar no consiste por cierto simplemente en “opinar”, por oportunas y apropiadas que parezcan determinadas opiniones y por interesantes que luzcan los asuntos sobre los que se opina. No es por lo tanto aceptable que se diga que cada cual puede tener su propia opinión: yo tengo la mía y allá los otros con las suyas. Claro que libertad de opinión ha de existir. No sólo en la universidad, sino en todas partes. La libertad de opinión es un derecho cuyo ámbito es nada menos que la misma sociedad.

Pero de lo que  en realidad se trata aquí es de ejercicio de facultades intelectuales y no de mera opinión. Pensar universitariamente, pues, tiene sus requisitos. El primero, como ya se ha dicho, es el carácter racional de la actividad pensante. El segundo, la obligación de entregar lo que se piensa al examen ajeno. El tercero, la corrección o el abandono de lo que se ha sostenido cuando en el curso del debate intelectual o de la prueba experimental los errores o la falsedad queden en evidencia.

Todo esto tiene sus implicaciones no sólo para la elevada controversia que se lleva a cabo en los congresos científicos, o en los coloquios profesionales a los que concurren los profesores o en las revistas especializadas que recogen resultados de investigación o discusiones entre adherentes de filiaciones teóricas diferentes. Tomemos, por ejemplo, el acto didáctico, que pone en presencia a profesor y alumnos. El que estos concurran para aprender y aquel para enseñar, ¿autoriza al profesor a enunciar, sus puntos de vista sin prestarles el debido fundamento? ¿Concede la condición profesoral algún privilegio que exonere al docente de la obligación de atenerse al formato racional? ¿Sus puntos de vista extraen su valor de la fuente que los emite?

Obviamente no. Si existe una situación en la que la responsabilidad de pensar alcanza su máxima exigencia es precisamente aquella en que el que enseña tiene ante sí al auditorio cautivo de los estudiantes en el aula. No sólo debe el profesor apegarse a los patrones racionales en la elaboración y en la exposición de su pensamiento, sino que no puede en modo alguno sustraerse al deber pedagógico de ofrecer al alumnado la diversidad de alternativas teóricas desde la que cabe abordar los problemas. Sobre todo si tales problemas, como a menudo ocurre, exhiben una complejidad de la que ningún enfoque puede rendir completa cuenta.

En suma, a la tarea ineludible de pensar racionalmente que incumbe al profesor en cuanto investigador, esto es, como creador de saber, se añade la no menos ineludible de enseñar a los alumnos –o contribuir a que aprendan- a pensar en términos también racionales, algo que tiene muy escasa probabilidad de alcanzarse si el profesor se limita (incluso si lo hiciera racionalmente) a inocular en sus oyentes sus exclusivos puntos de vista.

Examinemos ahora el tema que arriba llamamos crítica de las ideas y consideración de las personas. Con frecuencia, a veces de manera inocente, otras con deliberada intención, ambos órdenes se confunden. Es decir, el proceso de la evaluación conceptual se extiende a los proponentes o partidarios de las ideas criticadas.

Esto nos coloca ante dos principios fundamentales de la vida universitaria: el respeto y la tolerancia. Pero ¿son tales principios aplicables por igual a las ideas y a las personas? No parece que así sea, pues aunque es indudable -¿habrá quién lo dude?- que las personas son merecedoras de respeto, no sucede lo mismo con las ideas. Toda persona es respetable por el solo hecho de su condición humana. La existencia social se funda en el reconocimiento que unos y otros seres humanos se prodigan recíprocamente. Y a la inversa, la mayor parte de los conflictos entre aquellos son el resultado de la ausencia de ese indispensable vínculo.

En cambio podemos afirmar, incluso estamos obligados a afirmar que las ideas no son respetables. El respeto no es un atributo que las distinga y su existencia no depende de él, como ocurre con los seres humanos, porque las ideas existen para ser criticadas, examinadas, revisadas por quienes tienen la capacidad de producirlas que son las personas. De modo que las ideas deben ser consideradas en sí mismas, con independencia de quienes las proponen y su valor, la calidad de su contenido no ha de evaluarse más que en sus propios términos.

En una colectividad que existe para el ejercicio más elevado de la inteligencia creadora y que requiere de la mayor libertad para desplegar en todas direcciones los impulsos del pensamiento racional, esto es, en la universidad, el respeto entre sus miembros constituye una condición esencial de la existencia institucional. Y a ello se asocia en forma natural e inevitable la tolerancia, que es el verdadero sustento de la diversidad.

Responsabilidad intelectual, respeto a las personas y tolerancia, he allí tres propiedades de la vida universitaria que conviene asumir para la vida en general. Se disponen Uds. a ingresar al mundo complejo y difícil del ejercicio profesional. La universidad los ha provisto del utillaje conceptual y las destrezas técnicas para su exitoso desenvolvimiento en él. Enriquézcanlo con la práctica de aquellos principios y háganlo con la alegre y firme convicción que les proporciona su condición irrenunciable de ucevistas plenos. 

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