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FIRMAS DE FaCES

Capas medias y revolución / Margarita López Maya

Capas medias y revolución / Margarita López Maya

El concepto de capas medias en una sociedad es variable y no fácil de precisar. Sin embargo, es una realidad social que cuando uno la ve la reconoce. Los sectores medios son un grupo o conjunto diverso de grupos sociales que se caracterizan más allá de su nivel de ingreso -que suele ser superior al doble de la cesta básica- entre otros rasgos, por una forma de vida, niveles de educación, hábitos de consumo, lugares de residencia, y por las relaciones sociales que establecen.

Suelen ser significativos para estabilizar proyectos políticos y para hacer eficiente la gestión del Estado en general y los servicios en particular, pues ellos forman el grueso del personal público. También pueden ser sectores importantes para la convivencia pacífica y democrática, al introducir un colchón entre ricos y pobres y propiciar luchas por el respeto de derechos civiles, políticos, humanos, y por la calidad de vida en las ciudades donde viven. En la Venezuela del siglo XX, a través del proceso de modernización y urbanización, apareció desde los años veinte una creciente capa media que jugaría un rol central en el establecimiento de nuestra democracia política. Fueron las luchas populares, con líderes de estas capas, las que lograron la instauración de una democracia representativa en un país que, prácticamente hasta 1958, sólo había conocido gobiernos caudillistas, personalistas y antidemocráticos. Si bien la democracia puntofijista tuvo grandes debilidades, terminando descompuesta y corrompida, en perspectiva comparativa fue un avance con relación a las dictaduras y dictablandas que hasta entonces habíamos tenido.

Estas capas medias han sido quizás el sector más afectado por los complicados tiempos que corren, y en particular por este año de 2007, caracterizado por la radicalización del proceso revolucionario y la agresiva polarización del discurso gubernamental. No tanto en términos económicos, donde al igual que el resto de la sociedad disfrutan de la distribución que hace el Gobierno de la cuantiosa renta petrolera, que recibe gracias al boom de los precios del barril en el mercado internacional, sino más bien en términos de su exclusión como parte del pueblo en los discursos y políticas gubernamentales, del que antes fueron parte y todavía hoy muchos se consideran ser. El discurso de Chávez dirigido a los pobres -repotenciado desde diciembre pasado con la prendida de los motores constituyentes y la conformación del Psuv- y reproducido fielmente por funcionarios, dirigentes y personas que se conocen como del "chavismo duro", tiende a despreciar a las capas medias al relacionarlas con la democracia puntofijista y confundirlas con oligarquías.

Las capas medias, si bien polarizadas como toda la sociedad, no deberían tender a comulgar con visiones maniqueas del mundo, porque justamente por su ubicación en la estructura social y su educación son más propensas a apreciar perspectivas gradualistas. El discurso oficialista le ha parecido a porciones de estos sectores como una amenaza a sus valores y bienes, ante lo cual algunos han reaccionado con ira, otros con miedo, y algunos se han ido del país, especialmente profesionales jóvenes, que buscan un futuro mejor que no creen que este gobierno les permitirá. Sería conveniente y necesario que el Gobierno buscara una aproximación a estos venezolanos, incorporándolos y convenciéndolos de las bondades de los cambios que está desarrollando. Ya los resultados electorales de 2006 y las encuestas recientes señalan un reconocimiento importante de la población en general del objetivo de inclusión y justicia social que persigue el proyecto bolivariano. Se necesitarán años y estrategias educativas democráticas y bien pensadas para cambiar valores como el consumismo y el acentuado individualismo, que padecen no sólo las capas medias sino toda la sociedad, inculcando la solidaridad con el prójimo y la búsqueda del bien común. Pero pensar en imponerles nuevos valores, como pareciera exigir el discurso polarizador, y a ratos ofensivo, del Presidente y algunos de sus ministros, es totalmente contraproducente: las personas se atrincherarán y empecinarán en sus valores.

He reiterado más de una vez en esta columna mi inconformidad con la estrategia asumida por el Gobierno de reeditar en 2007 el discurso radical y dicotómico que usó antes del golpe de Estado de 2002, asegurándonos que vivimos de nuevo en medio de unas amenazas a la revolución que francamente cuestan mucho de ver.

Especialmente por la victoria de Chávez en diciembre pasado, contundente en números y reconocida por factores políticos de oposición. La orfandad de liderazgo, propuestas y estrategias de la oposición política es otro factor que está a la vista. También es evidente la debilidad política del gobierno de Bush -en su país y en el mundo- y su improbabilidad, por ahora, de abrir un nuevo frente de combate de la envergadura que significaría hacerlo en Venezuela. En virtud de este contexto, después del 3D muchos señalaron la conveniencia de un derrotero de prudente distensión y búsqueda de espacios para la despolarización, para el reconocimiento y respeto a las expresiones políticas de la diversidad. También era un tiempo favorable para asentar institucionalmente logros, mejorar la gestión pública plagada de males, planteando nuevas metas en un marco de creciente democracia participativa. Sin embargo, el Gobierno, o más precisamente el Presidente, optó por el camino de la perpetua confrontación y del cierre de la participación democrática en las decisiones políticas más importantes sobre nuestro futuro. ¡Patria, socialismo o muerte, lo juro! fueron sus palabras. Las capas medias, con o sin razón, vuelven a temer lo peor. Y ambientes como el reproducido en la película cubana de 1968, Memorias del subdesarrollo, flotan por doquier.


UN ALTO EN EL CAMINO
Estos últimos meses han sido para mí intensos en trabajo y tensiones. Seguir la coyuntura venezolana es una aventura extenuante y angustiosa, pues como aquí he sostenido, la realidad se muestra contradictoria; mientras los espacios de la participación social permanecen todavía con dinamismo y esperanza para los sectores más pobres, los espacios de la política se desvían hacia la intolerancia y el autoritarismo, la ineficiencia y la corrupción, al estilo del fracasado socialismo del siglo XX. Así mismo, he debido viajar constantemente, pues los compromisos académicos en el exterior, y la representación de Venezuela, Colombia y Ecuador que ejerzo en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, me exigen presencia en variados e interesantes espacios de discusión e intercambio de ideas latinoamericanos e internacionales.

Aprovecho para agradecer de todo corazón los comentarios que lectores me hacen llegar, pues me sirven de reflexión y estímulo en tiempos difíciles.

Pido excusas por no poderlos contestar todos por los innumerables compromisos. Este mensaje es para anunciarles un alto de dos meses en esta columna, tiempo que deseo aprovechar para ordenar ideas y aspectos domésticos, ambos descuidados en el torbellino de estos meses. Volveremos en septiembre.

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