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FIRMAS DE FaCES

Ratzinger / Fidel Canelón F.

Ratzinger / Fidel Canelón F.

Dos años después de su entronización en el solio pontificio, puede decirse que Joseph Ratzinger ha respondido claramente al perfil que se conocía de él: un reconocido teólogo conservador dispuesto a defender los valores de la cristiandad y de la vieja Europa. Pese a ello, ciertos eventos en los cuales ha sido protagonista nos muestran un hombre que posee cierta dosis de pragmatismo, gracias a lo  cual se ha adaptado a lo cambiante de las circunstancias.  

A diferencia de Juan Pablo II, que era lo que se dice un verdadero hombre de acción, Benedicto XVI es fundamentalmente un hombre de reflexión. Su obra escrita  y su papel por muchos años como Director de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición) en el pontificado de Karol Wojtyla, así lo señalan. Esta condición queda claramente ratificada con dos decisiones notorias: la primera, la aprobación de la encíclica Deuts caritas est, donde demuestra a cabalidad su profundo conocimiento de las implicaciones filosóficas y teológicas que tiene la noción del amor cristiano  y el impacto que tendrá en el futuro de la evangelización; y la segunda, el reciente anuncio del abandono del concepto el limbo,  existente por siglos, el cual ya Juan Pablo II había sugerido que era necesario superar, pero sin atreverse a tomar una decisión definitiva. Puede decirse que aquí se observa la autoridad y seguridad con la que se mueve Ratzinger en estas materias, así como el respeto y la aquiescencia que tiene dentro del universo eclesiástico.  

En cuanto a su faceta conservadora, son las varias decisiones y actuaciones en las que se ha puesto de manifiesto, pero podemos resaltar particularmente dos. La primera, la dura alusión que hizo al Islam en septiembre de 2006 al rememorar un debate entre el emperador bizantino Manuel II Paleólogo y un sabio persa, achancándole a esta religión ser proclive a la irracionalidad y la maldad. La dura respuesta que recibió de numerosas autoridades religiosas y jefes de estado islámicos, así como los acontecimientos violentos que generó en algunas naciones árabes, hicieron temer por el comienzo de una guerra religiosa, pero Benedicto XVI no sólo se retractó rápidamente, sino que meses después se reunió con líderes religiosos islámicos, con lo que parecía retomar la agenda del diálogo de religiones emprendido por su predecesor.  

Otra acción en la que puso de manifiesto su conservadurismo es en la sanción aprobada contra el sacerdote salvadoreño Jon Sobrino, justamente antes de su reciente viaje a Brasil. Ratzinger, sempiterno adversario de la Teología de la Liberación, pareció enviarle un mensaje a la Iglesia de la región, ante el surgimiento de signos de reactivación de esta corriente teológica en un contexto de auge de movimientos de izquierda y de reforma social. 

La aguda crítica al proceso de secularización del occidente moderno, y el anuncio del regreso de la misa en latín, en fin, apuntan a que Benedicto XVI insistirá en llevar adelante su ideario conservador e intentará vender la idea de que la religión tiene que recuperar su lugar central dentro de la sociedad contemporánea. La incógnita es si podrá arrastrar tras de sí al enorme y complejo mundo católico de hoy en día, en un período donde los lineamientos de Juan Pablo II parece que seguirán influyendo los destinos de la cristiandad en los próximos años.

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