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FIRMAS DE FaCES

Vacaciones / Elsa Cardozo

Vacaciones / Elsa Cardozo

Las vacaciones de mitad de año están asociadas, en buena parte del hemisferio norte, al disfrute del tiempo libre, en el clima y lugar elegido para el receso. Los europeos se toman especialmente en serio lo de abandonar la gravedad de la rutina para ocuparse de modas, chismes, itinerarios y lecturas; también, inevitablemente, de algún escándalo o hecho criminal tristemente memorable. Playas, cafés, museos y toda suerte de atracciones turísticas se llenan de gente, la propia y la extraña, dispuesta a contagiarse de la sana ligereza del verano. 

Abundan artículos y libros sobre el futuro del continente que ha creado las condiciones para, de manera tan confiada, salir de vacaciones. En todos se evidencia la conciencia sobre el arduo trabajo que seguirá requiriendo el mantenimiento y la ampliación de la vida buena (que la otra no es vida, como bien dicen los españoles). 

Al final de la presidencia alemana del Consejo Europeo –tras la entrega de Angela Merkel al portugués José Sócrates, seguramente la última presidencia semestral rotativa- quedan a la vista cuatro oportunidades y retos de importancia para la salud de Europa y el mundo: el nuevo alineamiento atlántico entre los gobiernos de centro-derecha de Merkel, Sarkozy y Brown; los avances en la redefinición y fortalecimiento de sus vínculos con Estados Unidos, superando los traumas dejados por la crisis de Irak, y el conjunto trasatlántico; el señalamiento de las diferencias políticas con Rusia y las transacciones en procura de seguridad del vital suministro energético, y, no por último  menos importante, la alta probabilidad de que sea suscrito el Tratado de Reforma antes del final del año, en Lisboa, para salir del estancamiento que produjo el rechazo al proyecto constitucional. 

Mientras transcurre el vacacional verano, el mundo sigue dando vueltas. El más grande desafío de los europeos no es meramente continental, ni admite pausas. Les toca fortalecerse, contra viento y marea, como referencia y contrapeso democrático global: ante Estados Unidos y ante potencias autoritarias de tan difícil tratamiento como Rusia (y China) que presentan un modelo éticamente inaceptable: prosperidad sin libertad. 

Las omisiones y el aislamiento en política internacional se pagan caro, como más de una vez se lee en la historia del viejo continente. En ese sentido, es bueno encontrarse en estos días sobre las mesas más visibles de las librerías, junto a textos sobre derechos humanos, terrorismo y degradación ambiental, La Rusia de Putín (de la asesinada Anna Politkovskaya) y Rusia dinamitada: tramas secretas y terrorismo de Estado (de Yuri Felshtinski y el espía envenenado Alexander Litvinenko), al lado de La historia secreta de las SS (Robin Lumsden) y El museo desaparecido (Héctor Feliciano). 

Con la debida referencia a lo que sobre la imposibilidad de las repeticiones dejaron bien sentado Platón y Heráclito, no viene mal a Europa recordar otros tiempos, en los que en el disfrute de la prosperidad propia no le dejó ver –o facilitó ignorar, por “ajena”- la acumulación de tensiones y conflictos cercanos. Hoy no hay amenazas lejanas, el mundo es más pequeño y más complejo. 

Por lo demás, no hay nada de malo, sino mucho de justo y bueno en tomarse un receso. De lo que se trata es de lograr que, cada vez, más personas puedan hacerlo, puedan vivir una vida buena.

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