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FIRMAS DE FaCES

Lo político en tiempos de revolución / Javier Biardeau R.

Lo político en tiempos de revolución / Javier Biardeau R.

En la proposición 19, Wittgenstein aborda un nudo de la teoría del lenguaje con claras implicaciones políticas: Puede imaginarse fácilmente un lenguaje que conste sólo de órdenes y partes de batalla. O un lenguaje que conste sólo de preguntas y de expresiones de afirmación y de negación. E innumerables otros. Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida (Wittgenstein IF: §19). Organizar una forma de vida a través de programas narrativos eficaces, explícitos o implícitos, es lo político. En el momento de la batalla, no se puede dudar; en muchas otras situaciones parecidas aunque de menor cuantía, el lenguaje funciona de ese modo: alguien ordena y otro, sin reflexionar, obedece. Esta explicación es una dramatización del poder de la hegemonía, tal como lo entiende Gramsci: ¿qué es lo que nos hace ir a la guerra, aplaudir a un dictador, devorar bienes de consumo, repetir una matriz de opinión o votar a un gobernante autoritario? Precisamente, la hegemonía producto de la alienación lingüística y narrativa. Solo la visión gramsciana del lenguaje y de la cultura –en gran medida a través del economista Piero Sraffa marcó una reorientación en el pensamiento de Wittgenstein. En tal sentido, las condiciones de producción (e imposición) de significados, los efectos pragmáticos del uso de los mismos y los límites de la acción posible para un sujeto responsable, permiten advertir la posibilidad de resistencia, y un resquicio de esperanza en el mar del poder de la hegemonía. Un tiempo-crisis revolucionaria es el momento de este resquicio de esperanza ante cualquier hegemonía, un espacio-tiempo de los actos contra-hegemónicos, propios de un enfoque que afirma la ironía en el decir y el alterar hábitos de interpretación, frente a la falsa seriedad-arrogancia de la dominación, que es siempre, una usurpación de la dignidad de los otros. Frente a la naturalización de la ficción política alienante, hay que afirmar que toda dominación es ilegitima.

Tiempos de revolución implica la emergencia de acontecimientos políticos de habla, y no simples asentimientos y redundancias. Marx en su 18 brumario: Así, la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. “Cuando los vivos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.” El pasado que oprime con sus fantasmas el cerebro de los vivos y la voluntad de creación de algo nunca visto, es el conflicto axial de una crisis revolucionaria. Marx concluye este párrafo con la siguiente interpretación: “Es como el principiante que ha aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal.” Allí pudiera estar la clave del hacer-decir político en tiempos de revolución, moverse en el espíritu instituyente del nuevo idioma de lo político, sin reminiscencias al viejo espíritu de la política hegemónica, que ya ha sido destituida. Lord Keynes señaló: aquellos hombres prácticos que se creen libres de toda influencia intelectual son generalmente esclavos de un economista o de un filósofo político difunto. Vivimos de alienaciones ideológicas y lingüísticas. ¿Es la política en tiempos de revolución un proceso de ideologización? ¿O es la política en tiempos de revolución la ebullición de pensamiento crítico? Si es la alienación lingüística el mecanismo tal vez fundamental de la construcción de la hegemonía, la política en tiempos de revolución interpela una desmitificación paródica de todo dominio, sobre todo de la alienación lingüística, de la vieja y de la nueva hegemonía, desocultando las narraciones legitimantes, antes de que encubran su trabajo de fabricación y montaje textual. Porque los tiempos de revolución son tiempos de subversión del y en el lenguaje, de subversión de las políticas del lenguaje. Más que reglas para obedecer, hay que imaginar los juegos de lenguaje de formas de vida emancipadas.

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