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FIRMAS DE FaCES

La nueva Constitución / Carlos Blanco

La nueva Constitución / Carlos Blanco

«Un gobierno que no necesita un instrumento constitucional para cometer sus iniquidades, sí lo necesita para poder decir que sus medidas están conformes con las normas...». «La empresa privada en Venezuela está condenada a muerte.»

La importancia de lo inútil. La propuesta de nueva Constitución es desastrosa y la que está vigente también lo es. Ambas son peores que la de 1961, que, sin duda, necesitaba modernizarse, aunque no a golpe de redoblantes. Chávez no ha necesitado ninguna Constitución para hacer lo que le ha dado la gana; de allí que sea una exageración, que confunde, afirmar que sólo con la nueva vendrá lo duro. Ya se padece lo que el caudillo quiere poner en blanco y negro. En este sentido, la nueva es inútil. Pero, ¡alto ahí! No es tan inútil en otro sentido: permite renovar el ropaje de una revolución que ya deja ver debajo de los ajados fustanes su arsenal de Kalashnikov, sus tacos de dinamita y el tráfico internacional de dólares. Esa "inutilidad" constitucional cumple funciones y de allí la pasión reformadora que le ha entrado a Chávez.

La Constitución de 1999. Es un sancocho. Incorporó el tema de la descentralización, como reflejo del significado que esa reforma adquirió en la sociedad venezolana desde 1989. También incorporó el tema de los derechos humanos de una manera amplia. A estas alturas se sabe lo que ha pasado. La descentralización ha muerto por estrangulamiento bolivariano en manos de un régimen centralista y autoritario, y de unas autoridades regionales y locales que, en su mayoría, se han convertido en comparsa de su propio ajusticiamiento.

Los derechos humanos, por su lado, languidecen; basta ver las cárceles, las matanzas en los barrios, el incremento de los asesinatos, la inseguridad, los presos políticos, los perseguidos, los tribunales sumisos, y la Fiscalía inservible, salvo para perseguir opositores. Allí han terminado todas las proclamas bolivarianas sobre el tema: si usted es revolucionario, tiene todos los derechos; si usted es "escuálido", su destino depende del asunto, el tema y la voluntad del funcionario con el que tenga que vérselas.

Lo bueno que podría atribuirse a la actual Constitución, no se cumple. Lo que sí está vigente es su contenido autoritario, presidencialista, centralista, estatista, y militarista. En su nombre se han cometido las tropelías que el país conoce.

Clamar por su cumplimiento puede ser una manera de denunciar su sistemática violación en cuanto a derechos y garantías; pero, debe advertirse, es un arma de doble filo, porque ésa Constitución consagra el presidencialismo y el militarismo. Además, hay un problema serio. Colgarse de esa Constitución como bandera después que la disidencia democrática le negó su apoyo, puede ser asimilado como una contradicción. Y lo es.

La Nueva Constitución. También se puede incurrir en un error de perspectiva al decir que con la nueva Constitución, Chávez hará lo que le dé la gana, como si no lo hiciera ya. Chávez hace lo que quiere sin ningún asomo de vergüenza. Para tomarse los fundos agrícolas, La Electricidad de Caracas o la Cantv, los edificios, el Teleférico, los campos petroleros y otras propiedades, concesiones o derechos, no ha necesitado ni la vieja ni la nueva. Sólo la Fuerza Armada y policial, que es el disuasivo con que cuenta.

La nueva Constitución cumplirá, sin embargo, varias funciones. La primera, es meter dentro de su articulado lo que el régimen está haciendo de facto. Debe tenerse presente que los regímenes autoritarios son muy cuidadosos en eso de ponerle a cada fechoría un artículo constitucional, y a todo desafuero, una ley. Así, le dan la hoja de parra a los tribunales -que también controlan- para cubrir las tropelías. Hitler, Mussolini, "Chapita" Trujillo y Fujimori, tenían leyes para toda eventualidad.

La segunda función, es la de darle a los militares chavistas y a algunos medios de comunicación timoratos la excusa para su sumisión. Ya que la satrapía se comporta conforme a la Constitución hecha a la medida, no hay problema en aceptar sus decisiones que, con el nuevo texto, ya no serán arbitrarias, sino constitucionales.

La tercera función, tal vez la más importante, es proveer el barniz necesario para que ciertos gobiernos puedan excusar su relación con Chávez sobre la base del respeto al "deseo de los venezolanos" expresado en libérrimas elecciones y en una nueva Constitución.

Un gobierno que no necesita un instrumento constitucional para cometer sus iniquidades, sí lo necesita para poder decir que sus medidas están conformes con las normas. Los excesos e ilegalidades de hoy serán recubiertos por el manto amnésico del instrumento.

La Reelección. La reelección indefinida ni siquiera necesitaría la reforma. Hay que recordar cómo Fujimori, que no podía elegirse una tercera vez, hizo aprobar una Ley de Interpretación Auténtica de la Constitución peruana, en 1996, que le permitió concurrir a una reelección expresamente prohibida. La Asamblea o el TSJ consagrarán cualquier cosa que el autócrata necesite. Claro, es mejor si la cuestión se zanja desde ahora, pero se violará lo que haya que violar cuando sea necesario, mientras tenga fuerza militar para imponerlo. Por ahora, parece tenerla. (...)

http://www.eluniversal.com/2007/08/19/opi_34919_art_tiempo-de-palabra_413439.shtml

Psss, es contigo, empresario. La empresa privada en Venezuela está condenada a muerte. No está fijado el plazo para la ejecución de la sentencia, pero la condena está escrita. El momento será variado, dependiendo de los empresarios, los ramos, los tiempos y las necesidades políticas del régimen. Sólo faltan los formalismos de la Asamblea Nacional, junto a la comparsa del CNE y otros adminículos indispensables para vestir al crimen de necesidad de Estado. Ya la propiedad privada depende del arbitrio de Chávez, de un gobernador o de un alcalde, cuando no de la turba bolivariana en trance de confiscación revolucionaria; ahora se trata de producir la ley igualadora, la que hará del miedo a la pérdida de los bienes el signo de los tiempos.

La Propiedad en Entredicho. La propiedad es un derecho humano. El ser humano se constituye en un espacio, en un tiempo, así como en el marco de unas relaciones sociales y de unos bienes de los cuales es real o potencialmente propietario. Alguien que no tiene nada, ni casa, ni espacio familiar, ni hacienda para disfrutar, ni ahorros, ni ingresos que le permitan adquirir bienes o servicios, ni posibilidades empresariales, tampoco tiene capacidad de ejercer derechos ni de cumplir deberes. Se convierte en un no-ciudadano, en una no-persona. No tiene condiciones para pertenecer a la ciudad, a la polis.

El Gobierno condiciona la propiedad privada no a las leyes sino a las necesidades del experimento de ingeniería social que lleva a cabo. Así, los dueños de edificios, de haciendas, de terrenos, de unas cuantas industrias, han visto a la tribu practicar los juicios sumarísimos que han concluido en la pérdida de sus propiedades. Inseguridad jurídica que, sumada a la inseguridad personal, expresan la ausencia de estado de derecho.

La propiedad privada se ha convertido en un derecho gelatinoso como expresión de una necesidad básica del autoritarismo: cuando no hay ley alguna que se respete, la única ley es la del monarca, la del que manda. El resultado no es la supresión total del derecho de propiedad, sino su conversión en una concesión del César. Si necesita estatizar la Cantv o La Electricidad de Caracas, aplicará guantes de seda a Verizon y a AES porque estas empresas pueden promover el embargo de bienes venezolanos en el exterior; si se trata de tomarse el Teleférico o RCTV, lo hace a los trancazos porque los de Ávila Mágica y los de 1BC son empresarios venezolanos.

La propiedad privada pasó de ser un derecho inalienable, con las solas limitaciones de la ley, a convertirse en una gracia de Chávez. Así es en Cuba. Existe la falsa creencia de que en el principado de Fidel no hay propiedad privada; sí la hay, y va más allá de los cepillos de dientes. Existe la propiedad de grandes transnacionales y de empresarios revolucionarios que se han enriquecido a borbotones, con una sola condición: el amo decide quién puede y quién no.

El Golpe de Estado. Chávez se propone un golpe de Estado. El de 1992 lo intentó con los recursos que disponía, el mando de un batallón de paracaidistas; el de 2007 lo intenta con los recursos de los cuales dispone: la presidencia de la República y el dominio total sobre el Estado. En ambos casos el objetivo es subvertir la ley; en este momento, subvertir la Constitución que se dio en 1999.

La propuesta del régimen es llamar a los venezolanos a convertirse en cómplices de la liquidación de sus derechos, mediante un referendo aprobatorio, realizado a marchas forzadas, para crear el estatuto jurídico que consolide el autoritarismo militarista. Llamar en este momento, no a los paracaidistas sino a los electores, a violar los derechos ciudadanos, es tan golpe como aquél sangriento de 1992. Hitler lo hacía con frecuencia.

La pregunta que surge es para qué el caudillo se empeña en revestir de Constitución lo que ya, en buena medida, hace. Hay varias razones. Necesita de la sastrería constitucional un ropaje que le dé visos de legalidad a sus arbitrariedades de déspota. Quiere darle instrumentos a todos los niveles de su régimen para proceder a la liquidación de los derechos económicos, políticos y sociales de los ciudadanos. Pero, sobre todo, Chávez necesita decirles a los empresarios que sólo podrán seguirlo siendo si se someten a sus antojos.

Sin Futuro.Cuando un empresario no sabe qué ocurrencia bolivariana lo asediará al día siguiente tiene tres opciones: acomodarse con el régimen; vender, preferiblemente a un aventajado revolucionario, representado por un hermano, primo o cuñado; o, finalmente, sumergirse, sacar apenas la nariz y vivir al día, hasta que el cuerpo aguante o que la degollina pase.

Acomodarse a los deseos del régimen da inmensos beneficios y es fácil, sólo exige incondicionalidad, la coima respectiva, la degradación moral y la ávida acumulación de renta porque no se sabe hasta cuándo dure la manguangua. Desde luego, quienes así actúan no son empresarios sino los parásitos que se enriquecen en los pliegues del intestino grueso del sistema. No son productores de bienes o servicios sino receptores de renta. Los otros, los que venden sus empresas, son los que se han convencido que no tienen futuro o ya han vivido por sí mismos o por sus padres experiencias similares, y no las quieren repetir.

Por último, los que tratan de vadear el temporal. Saben que el éxito de sus empresas no depende de la productividad, de la dedicación de dueños y gerentes, del compromiso social de la empresa, de la lealtad de trabajadores y administradores, sino que todo depende de unos personajes, encabezados por Chávez, que jamás han producido ni una torta de casabe para vender, y que, como Chávez, siempre han vivido del Estado venezolano o han sido personajes improductivos. Cuando las incertidumbres del empresario no dependen del mercado, de sus habilidades y destrezas, de su labor, sino de un personaje que maneja al país como su hacienda, entonces la capacidad de planificación empresarial se reduce a cero y el futuro desaparece. Con el ocaso del futuro también se esfuma la inversión.

Empresarios, ¡Temblad! No concibe este narrador la actitud de desentendimiento, de acomodo o de pasar agachados de muchos empresarios, a los cuales un justificado miedo los ha llevado a la parálisis. Posiblemente es la ilusión de que la guadaña pasará cerca pero, por probabilidades, no les tocará. Vana ilusión. Cuando han perdido la capacidad de decidir en sus empresas, cuando se les ha instalado en el engranaje de su industria una viga que impide el movimiento, cuando la inversión no depende de procesos más o menos previsibles sino de un grupo de personas que los quiere destruir, su destino dentro de este orden ya está sellado. Son precadáveres institucionales que, por casi-muertos, no advierten su desaparición. Si no se suman a detener lo que viene, sólo aplazarán su desaparición.

http://www.eluniversal.com/2007/08/26/opi_34919_art_tiempo-de-palabra_428761.shtml

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