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FIRMAS DE FaCES

¿Merece respeto la Constitución? / Domingo Alberto Rangel

¿Merece respeto la Constitución? / Domingo Alberto Rangel

Tengo, lo confieso, poco respeto o poca admiración por la Constitución y las Leyes. Tanto la una como las otras no tienen otro propósito que el de asegurar la obediencia del oprimido al opresor. Mientras existan clases sociales, esa será la función esencial de todo ordenamiento jurídico. No estoy diciendo nada nuevo ni proclamando siquiera las primeras palabras de un credo revolucionario. Cuando llegué a la Universidad de Los Andes a cursar el primer año de Derecho, el profesor Julio Gutiérrez Arellano, primo de mi madre, titular de la Cátedra de Derecho Constitucional, decía, luciendo la Constitución en la mano derecha: esto es mitología. 

Así sigue siendo, pero con agravantes de ridiculez, mayor hipocresía y más escaso talento literario. La Constitución de ahora no tiene siquiera ese estilo literario de inspiración romana que caracterizaba a nuestra Carta Magna de 1811 o a la gringa. La de ahora es la quincalla de un buhonero de esquina. Ofrece tanto, garantiza tantas cosas, desde la dicha conyugal hasta la gloria celeste, con tan poco sentido del ridículo, que bien podría destinarse a un museo de lo pintoresco. La Constitución refleja la personalidad del comandante Chávez. Ingenua hasta lo pueril en algunos aspectos, desordenada en otros, demagógica siempre, pero a la hora de crear y definir la autoridad es fascista sin ambages, autoritaria sin miramientos. Es el papel de la Ley, hacer que los oprimidos acepten complacidos o, cuando menos resignados, la dominación de los opresores. 

El caudillo y su papel

La ley en los países civilizados del capitalismo, nace en asambleas elegidas. Es necesario simular hasta lo perfecto para hacer parecer que la ley nace en la propia entraña popular. En países atrasados del capitalismo como Venezuela no es preciso simular. Aquí tenemos ese culto que los pueblos primitivos guardan por el caudillo. Hoy día no tenemos un caudillo de espada fulgurante. El comandante Chávez, por el contrario, corrió a refugiarse el 4 de febrero de 1992 en el Museo Histórico Militar y luego, el 11 de abril de 2002, se convirtió en una especie de coroto movido por sus captores de un lugar a otro como si fuese res nullius, según decían los romanos. En Chávez hasta ahora no ha habido nada heroico, nada que merezca, no digamos un cuadro de Tovar y Tovar, ni siquiera de aprendiz de pintor. Pero el país está enamorado de él. A falta de pan, buenas son tortas, diríamos coreando el refrán. 

Si no hay caudillos completos a la manera de Zamora, Castro o Crespo, pues amemos a este sustituto incompleto. Hasta ese extremo llega Venezuela en su descocada debilidad por los caudillos. Cuan diferentes son en eso Venezuela y su hermana Colombia. Aquí nuestros militares dejaron de guerrear hace un siglo ya largo, en Colombia no han dejado de hacerlo un solo días desde 1900, para concretarnos al último tiempo. Aquí, levantamos templos romanos, erigimos Victorias Aladas, en fin, destinamos las trompetas de la fama a vibrar en sus cobres por unos militares que en cien años no han reñido una sola batalla. En Colombia la gente zahiere a los militares y en las conversaciones, por lo menos cuando viví allá, se hacen referencias desdeñosas hacia ellos. Aquí a quienes son militares solo en el sentido burocrático de la palabra se les entrega la República, en Colombia a los militares que lo son en la acepción guerrera del vocablo, se les subestima. 

El castigo

Pero Venezuela sabe ser vengativa y cruel también con sus militares que ella misma endiosa. En la hora menguada de la caída, de la catástrofe o de la deficiencia, entonces nuestro país es implacable y sanguinario. Los mismos que se curvaron desvergonzados, los mismos que entonaron la alabanza, los mismos que llegaron a barrer el suelo con su lengua prostituida, empuñan el puñal de Bruto para victimar al tirano. El caudillo venezolano de estos tiempos describe una parábola, asciende como bólido hacia la copa del cielo, deja de ascender y luego cae con tanta rapidez como la que empleó en empinarse. Chávez no será ajeno a tal parábola. Llegará el momento en que sus desaciertos, sus contradicciones, sus usurpaciones e hipocresías, conjugadas con una crisis política mermarán su caudal y entonces vendrá la caída. Con él caerán los que hayan figurado en sus gobiernos, pero no se arruinarán los que se están enriqueciendo hoy a ritmo de fiebre. Tales sujetos harán negocios con los que, bajo la nueva situación, anhelen enriquecerse ellos también. 

Entonces la Constitución de Chávez entrará a la paz de los archivos, será recordada con indiferencia como recordaba en Mérida el doctor Gutiérrez Arellano las Constituciones de los muchos caudillos que han dejado tal recuerdo. Los caudillos de la Venezuela rural no redactaban ellos mismos la Constitución que como Licurgos pedestres dejaron al país. A ellos les bastaban sus batallas. Como Chávez no ha librado ninguna, siente la necesidad de pasar a la historia como un Moisés que en el Sinaí de Miraflores oyó la voz de su Jehová. 

Pero nada salvará a la Constitución de Chávez de pasar a la reserva o al olvido de los archivos. La parábola le espera, ascenso, nivelación y caída aguardan a Chávez y a su obra. Nada importa que el período presidencial sea de seis o de siete años, nada importa que pueda Chávez reelegirse diez o veinte veces hasta llegar al siglo XXII. En Venezuela ningún régimen mesiánico ha salido por la vía electoral. Chávez no será la excepción. Lo dice la historia. ¿Ha salido hasta ahora en Venezuela algún régimen autoritario por la vía electoral o por otro método de raigambre cívica? Jamás. Formular Constituciones es en Venezuela un ejercicio que nada crea, a nada obliga y a nada conduce. 

Quinto Día, 24-31 agosto 2007.

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