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FIRMAS DE FaCES

Dileidy y Winkelman / Ignacio Ávalos Gutiérrez

Dileidy y Winkelman / Ignacio Ávalos Gutiérrez

I.

Lo de la reforma constitucional va como se venía venir. En efecto, se nos sugiere a los ciudadanos su discusión, pero con la recomendación de que la dejemos tal cual, puntos y comas incluidos. El texto responde a una visión integral que no acepta remiendos que cambien su naturaleza, se nos dice a guisa de explicación, al tiempo que un mal intencionado seguramente se preguntará cuál es la conexión orgánica entre la autonomía del Banco Central y la re-elección indefinida, por ejemplo. El documento, salido del puño y letra del Presidente Chávez, según lo admite sin ningún remilgo republicano Carlos Escarrá, representa el proyecto que él tiene pensado para nosotros.  Es, se alega, un retoque a su obra maestra según admiten, sin ninguna modestia, el propio Presidente y, sin ningún rubor político, los principales dirigentes chavistas y fue concebido para darle letra y música de carta magna al Socialismo del Siglo XXI, un proyecto muy impreciso pero que, por lo que deja ver, se parece mucho al sistema que se estrelló hace un buen rato en el muro de Berlín, observación que hago, advierto, desde mi condición de izquierdoso de esta centuria.

La pretensión del Presidente es, así pues, que se apoye la propuesta con cierta rapidez, un mes, apenas, antes de aprobarla en bloque votando en un referéndum con ribetes de plesbicito. Que actuemos, así pues, lo más parecido posible a los diputados de la Asamblea Nacional, tragándola con todo y espinas.

Si yo fuera el Presidente Chávez me andaría con cuidado y mediría bien la manera como ha caído esta reforma en la opinión pública, incluso en sectores que lo apoyan y en otros que, no siendo partidarios del gobierno, tampoco le tienen simpatía a la oposición.  Sectores, unos y otros, que creen en el proceso de transformación social del país, pero no en este cambio constitucional y que no están dispuestos a tratar el tema como si fuera cosa de chavistas versus anti-chavistas, sino como un asunto relacionado, en esencia, con la democracia venezolana.

Así las cosas, se busca a alguien que proteja al Presidente de él mismo, de sus devaneos de hombre indispensable. Tarea difícil, sin embargo, por lo que se mira a su alrededor.

II.

Al tiempo que andamos en lo de la reforma, el Consejo Nacional Electoral asomó un  Proyecto de Registro Civil, con el loable propósito, piensa uno, de organizar y modernizar una vieja institución nacional que deja mucho que desear.  Y, como parte del mismo, señala, en su artículo 106, que no se permitirá que los padres o representantes les coloquen, a sus niños, nombres que los expongan al ridículo, sean extravagantes o de difícil pronunciación en el idioma oficial, contengan variantes familiares y coloquiales que denoten una identificación confusa o que generen dudas sobre la determinación del sexo, todo ello con el fin preservar su equilibrio y desarrollo integral.

Pertenezco a un a familia que nunca ha optado por los nombres raros y, por otro lado, no creo que vaya a tener más hijos que los cuatro que ya tengo, todos ellos con nombres bastante ajenos a aquellos a los que pudiera zarandear la sensibilidad de algún funcionario. Pero igual me sofoca la ley. Es, desde luego, un sofocón principista, casi ideológico, dado que me resulta muy duro de tragar aun burócrata sabiendo mejor que yo con cuál nombre debe mi hijo pasearse por la vida.

III.

Mientras nuestras autoridades se ocupan de proponernos la re-zonificación constitucional del país, en función de la nueva geometría del poder, y la prohibición de que nuestros niños tengan nombres que a ciertos funcionarios les parezcan ridículos, el país luce aturdido. Es que hay mucho ruido (revolucionario), pero pocas nueces. Es como si los asuntos gruesos del país pasaran por un lado, mientras nuestros gobernantes, cada uno en su escala y ámbito, nos propusieran otros que nada tienen que ver con aquellos, argumentándonos que, por allí, aterrizamos en la esencia de las tareas que debemos encarar. Es como si el barril a sesenta dólares permitiera distraerse de los problemas de fondo. Por ejemplo las importaciones por las nubes, mientras el desarrollo endógeno, bien, gracias. Por ejemplo, la violencia en nuestros barrios.  Por ejemplo la agricultura que no despega.  Por ejemplo....

IV.

De paso, dígame usted que tiene de malo llamarse Winkelman o Dileidy.  Malo es que haya muchos niños haciendo malabares en los semáforos.  No importa que se llamen Alfredo o Teresa.

El Nacional, 05-09-07.

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