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FIRMAS DE FaCES

KRISTINA / Ignacio Ávalos Gutiérrez

KRISTINA / Ignacio Ávalos Gutiérrez

I/ El domingo pasado Cristina Fernández de Kirchner fue elegida Presidenta de Argentina. Un tipo de decisión electoral que, según afirman los politólogos sureños, no es rara, para nada, en el país de Evita Perón.  Se refieren al respaldo brindado a una sociedad conyugal que evolucionó hacia  una sociedad con fines políticos, casi con visos, clamará algún exagerado, de compañía anónima. Se trata, pues, de Néstor y Kristina, para que todo quede en familia y, si las cosas resultan más o menos bien, alimentar la pretensión de fundar una dinastía, ¿o es que eso sólo puede ser privilegio de los Bush y, quien sabe, de los Clinton?

II/ Con su triunfo se subraya en nuestro continente una cada vez más notable presencia femenina en los asuntos públicos, atestiguada por no pocos estudios, según los cuales durante la última década en América latina ha crecido en más del 50 por ciento el número de mujeres en posiciones de poder, esto es, Presidentas, gobernadoras, ministras (inclusive, válgame Dios, en ese enclave masculino que es el Ministerio de la Defensa), parlamentarias y paremos de contar. Es la consecuencia, expresan, de varios factores, entre ellos de los progresos en la expansión de la educación de las mujeres, de los cambios culturales (a pesar de que el machismo sigue vivito y coleando, no hay que llamarse a engaño al respecto) y de la adopción de cierta legislación a su favor.  Tales estudios dejan ver, por otra parte, como el grueso del electorado no solamente no rechaza la idea de sufragar por una mujer, sino que, en muchos sentidos la considera mejor opción que votar por un hombre. De hecho, en la  reciente elección argentina, siete de cada diez electores votaron por candidatas femeninas.

III/ Se ha venido produciendo, así pues, la feminización de la política y, con ello, según se sostiene en alguna literatura sobre el tema, el advenimiento de un nuevo estilo para hacer política.  La mujer, tal es la hipótesis, sería más honesta, más proclive a trabajar en grupos y a consultar, más hábil en la búsqueda de consensos, además de más generosa en su entrega al servicio público.

Leo en algunos escritos inspirados en el "materialismo bioquímico", que la agresividad, la violencia, la guerra y la fuerte competencia por el poder están más asociadas con los hombres que con las mujeres, debido a ciertas características genéticas que los diferencian. Así las cosas, reza entonces la moraleja política, un mundo gobernado por ellas seguiría otras reglas y sería menos agresivo, temerario, competitivo y violento.

Ojala sea verdad, dice uno, tipo reacio a aceptar que la complicación de los fenómenos colectivos pueda quedar encerrada en el giro que dan los genes, como si las neurociencias tuvieran más que decir al respecto que las ciencias sociales.

Harina de otro costal/ Hace menos de dos años, durante mi último viaje la Argentina, la simpatía en ese país por el gobierno venezolano era todavía ostensible, a cada rato oía hablar, entonces, de un proceso político calificado de interesante y de trascendencia latinoamericana.  Sin embargo, en mi estadía, durante la semana pasada, topé con un panorama muy diferente. Universitarios, científicos, algunos periodistas, así como ciertos funcionarios del gobierno, casi todos ellos metidos dentro del saco de la izquierda en sus diversas tinturas y gradaciones, asoman ahora dudas, cuando no franca animadversión por el curso que están tomando las cosas entre nosotros. 

Es que la propuesta presidencial de reforma de la Constitución les cae mal en su estómago ideológico. Aborta un proceso que prometía mucho, oigo decir. Se le ven demasiado las costuras autoritarias y burocráticas, advierten.  Esta pensada como si el muro alemán se hubiese caído por una lluvia muy fuerte y no por un terremoto político, fuente de lecciones que deben ser aprendidas al caletre por quienes se dicen progresistas.

Hace mal el gobierno, creo, en descalificar y desestimar estas críticas, parecidas, por cierto, a las que aquí se hacen, por lo general a sotto voce, desde las filas del propio chavismo.  Vienen, así pues, del lado de los que quisieran que el proceso de cambio social tuviera lugar y probara la compatibilidad de las transformaciones estructurales con los cánones que gobiernan el funcionamiento democrático, sin recurrir a la intemperancia política. Vienen, en fin, de la vereda de los que temen que se produzcan errores y fracasos que terminen dándole la razón a los que nunca la tuvieron.

El Nacional, miércoles 31 de octubre de 2007.

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