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FIRMAS DE FaCES

La democracia y sus laberintos / Jorge Rivadeneyra

La democracia y sus laberintos / Jorge Rivadeneyra

De acuerdo con Rousseau, el poder del pueblo se llama voluntad general. Este poder lo ejercen sus representantes escogidos mediante elecciones. Previendo las ansias de poder y los abusos de esos representantes, Rousseau enfatizó en la revocabilidad de los elegidos. Sin embargo, tan vanidoso él, supuso que la irrevocabilidad era el inconmovible cimiento de la democracia. Y tan ingenuo él, no tuvo en cuenta que estos dignatarios son la aristeia griega, es decir real o supuestamente los mejores. Así, el primer laberinto de la democracia radica en que la dirige la aristocracia. Investidos de esos privilegios, manipulan la voluntad general para evitar la revocabilidad.

Si la voluntad general se ejerce mediante mandatarios, significa que el pueblo es incapaz de participar en la toma de decisiones, no sólo por el desconocimiento profundo de los problemas, sino por la imposibilidad de que alguien pague el transporte casi diario en buses, trenes, camiones suficientes para reunir a todo el pueblo con la celeridad requerida para que un gobierno actúe con eficacia y transparencia.

Es decir, que la representatividad, inherente a la democracia, es la negación del poder del pueblo y de la misma democracia porque los mandatarios se consideran dueños de la voluntad general, y en su nombre cometen toda clase de arbitrariedades. En consecuencia, el segundo laberinto de la democracia es la representatividad, y lo de participativa es una adjetivación demagógica porque alude embozadamente a una concesión que hace el gobierno al pueblo soberano.

Vale la pena anotar dos aspectos: 1) Oscar Wilde consideraba que el socialismo tiene por objeto el individualismo, entendido como el desarrollo pleno del individuo, y 2) Hobbes, en su teoría del nacimiento del Estado, también parte del principio de que los hombres son iguales por naturaleza, pero a diferencia de Tocqueville, deduce que esa igualdad natural deviene en igualdad de derecho y sin nombrar a Malthus determina que, como todos desean la misma cosa, hay una guerra de todos contra todos donde el hombre es lobo del hombre. A pesar del abismo que separa a estos dos pensadores, Tocqueville también teme que la igualdad de condiciones desemboque en alguna forma de tiranía, aparentemente compartida con la libertad. Enfatiza en que la tiranía de las mayorías desarrolla un odio zoológico en contra de los letrados e intelectuales de todo tipo, por lo cual esa democracia engendra la mediocridad. Pilles Deleuzze, uno de los más notorios pensadores posmodernos, señala que la tiranía cuenta con el apoyo de amplios sectores de la población a causa de los microfascismos, es decir de la represividad que todos llevamos por dentro. "Las organizaciones de izquierda no son las últimas en segregar sus microfascismos. Es muy fácil ser antifascista a nivel molar, sin ver el fascista que uno mismo es, que uno mismo cultiva y alimenta con moléculas personales y colectivas" (Mil Mesetas, pág. 219 y siguientes). Y palabras más, palabras menos, añade que el predominio de las mayorías conduce al totalitarismo, y el totalitarismo es profundamente conservador.

Tocqueville considera que la eterna lucha entre ricos y pobres jamás ha sido resuelta por una revolución democrática. Los pobres no son elevados al nivel de los ricos, y esto da lugar a una feroz envidia de los pobres. Esta situación, no superada históricamente, propicia protestas, y frente a estos desencantos y malentendidos, la clase gobernante, siempreb opresora, muestra sus garras, cualquiera que sea su colorido. Los gobiernos se vuelven más poderosos, los individuos más indefensos.

El interés particular es el único punto inmutable en el corazón humano, afirma Tocqueville y, al igual que Maquiavelo, considera que hay que guiarse por lo que los hombres son y no por lo que podrían llegar a ser. Y curiosamente, esto coincide con la afirmación de Marx de que el estudio del hombre debe centrarse en hombres reales y no en hombres imaginados, o esperados, como eso que ahora se llama "el hombre nuevo".

El Nacional, 7-11-07.

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