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FIRMAS DE FaCES

La misma piedra / Arlán A. Narváez R.

La misma piedra / Arlán A. Narváez R.

Cuentan que un grupo de connotados economistas internacionales visitó una isla "socialista" y tras evaluar los planes económicos informaron al mandatario sus escenarios futuros, uno optimista y otro pesimista. El mandatario pidió que le dieran primero el optimista. Comandante, dijeron, por esta vía al país sólo le quedará comer "basura"... ¿Esa es la optimista? Preguntó el mandatario, y ¿cuál es la pesimista?; comandante, le dijeron, la "basura" no va a alcanzar para todos.

Obviamente esta situación no aplica a Venezuela (por ahora) porque tenemos petróleo para comprar en el exterior algunos de los alimentos que necesita la población, pero el prospecto que ofrece la concepción económica en la reforma constitucional amenaza con un futuro económico muy sombrío si los precios petroleros dejan de subir.

Alguien dijo que "Quien no aprende de experiencias pasadas está condenado a repetir sus errores", pero ese pareciera ser un maleficio omnipresente en la política económica de nuestros gobernantes.

La historia económica venezolana está fraccionada en antes y después del petróleo. Antes de él éramos uno de los países más pobres del planeta, eminentemente rural y dependiente de una actividad agrícola y pecuaria altamente improductiva por la precariedad de las formas de producción predominantes, el latifundio y el conuco. La producción industrial era prácticamente inexistente y la gran mayoría de productos elaborados debía ser importada con lo poco que recibíamos de nuestras exportaciones de café y de cacao, básicamente.

El petróleo transformó esta realidad porque, al decir de mi padre, permitió que cambiáramos alpargatas por zapatos, pero trajo consigo dos efectos que aún dominan la realidad nacional. En primer lugar, la emergencia del Estado (principal perceptor de los proventos del petróleo) como cardinal e inevitable actor en la vida económica y social de la nación y, en segundo lugar, la emergencia del petróleo como eje de la economía venezolana.

Obviamente el segundo efecto es causa del primero, pero fue la determinante presencia del Estado en la vida nacional por su petrolera capacidad de gasto, la que originó dos singulares fenómenos venezolanos: por un lado, el desarrollo de un Estado de gobiernos paternalistas, populistas y clientelares, embelesado en su herencia de centralismo caudillista del poder; y por otro lado, la aceptación general en los diferentes sectores de la sociedad de la "necesaria e inevitable" presencia de ese Estado "benefactor".

El problema radica en que esa concepción del Estado omnipresente y benefactor secuestró o minimizó las capacidades y responsabilidades de los individuos y las comunidades para resolver sus propios problemas y diversificar la economía. No es una concepción nueva ni "socialista", la petrolera capacidad de gasto del Estado, arrogantemente y para no perder su dominio clientelar, ha tendido a la concentración del poder y a la minimización, hasta la condena, del rol que debería jugar la iniciativa y responsabilidad de la sociedad.

El resultado está a la vista en los vergonzosos fracasos que exhibimos en cuanto a diversificación de la economía, desarrollo de nuestras capacidades productivas, abatimiento de la inflación, generación de empleos productivos y estabilidad en el tipo de cambio. Ahora quiere dársele nombre de "socialismo" y consagrarse como tal en la Constitución a través de un proyecto de reforma inconstitucional, pero la exacerbación en la concentración del poder, particularmente en materia económica, aunada a la satanización y minimización de la iniciativa de los particulares, no es más que seguir insistiendo (y profundizar) en los errores que hemos cometido en el pasado.

Pero, por si fuera poco, ahora se quiere darle rango constitucional no sólo a nuestros errores pasados sino también a los errores que han cometido las más fracasadas sociedades y economías del planeta: mientras China y Vietnam pueden empezar a asombrar al mundo por los éxitos que logran al corregir los errores del pasado, nosotros vamos a copiar sus pifias, como si el patetismo del fracaso cubano no fuese evidente. Por algo dice el adagio que "El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra", en nuestro caso, varias veces, cada vez peor, siguiendo hacia el escenario pesimista. ¡Cosas veredes, Sancho!

2001, 07-11-07.

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