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FIRMAS DE FaCES

El buen gobierno / Germán Carrera Damas

El buen gobierno / Germán Carrera Damas

Es comprobable en la Historia la creencia de que el buen gobierno no sólo puede aprenderse sino que puede enseñarse. Así lo prueba el celo puesto en la educación del príncipe. Sólo que el príncipe no sólo debía tener preceptores escogidos sino también, y sobre todo, el ejemplo del “buen Rey”, y, en parte, el trance formativo podía resumirse en ser o no ser como el padre, ya fuese éste biológico o mero inspirador de conducta.

No es poca cosa lo que esto último puede significar, si nos atenemos a la muy conocida anécdota de la viejecita que, sentada a la puerta de su casa, al pasar el rey camino de misa exclamaba: “¡Qué Dios le dé larga vida, Majestad!” Curioso el rey por tanta pleitesía, se detuvo un día y le preguntó a la viejecita la razón de su devoción; y recibió una elocuente respuesta: “Majestad, en vida del rey su abuelo, pensábamos que no podía haber rey peor; en vida del rey su padre, pensábamos que no podía haber rey peor; ¡Qué Dios le dé larga vida, Majestad!”. Lo que autorizaría a pensar que la maldad sí puede superarse, y no necesariamente por línea hereditaria. El que esto ocurra podría ser cuestión de tiempo y de oportunidad.

Pero ¿qué sucede cuando no se quiere ser como el padre, -en el sentido de los valores en que fue formado-, sino que se quiere ser de otro modo? Más aún, cuando ya no se trata de príncipes, sino de pueblos; y, sobre todo, de un pueblo al que se ha pretendido empujarlo a abjurar de su pasado y hasta aborrecerlo. Lo que es más, a soportar que ese pasado sea substituido por una modalidad de organización social y política de la que se le dan, apenas y si algunas, primeras, vagas y apresuradas noticias.

Puestos en este trance, tanto para los príncipes como para los pueblos, no valdrá la intuición, pues ni unos ni otros pueden escapar del todo de la sobredeterminación emanada de lo acontecido. Y para los pueblos ha habido y habrá, también, preceptores que traten de enseñarles, y ejemplos que se les recomienden, si es que no se les imponen por la vía del indoctrinamiento, cuando no por la de la cruda regimentación.

Está en la naturaleza humana que quienes propugnan, inculcan o simplemente imponen, a los pueblos, semejante cambio, sientan la urgencia de su empeño, y no concedan mucho a otro medio de persuasión que no sea la violencia, embozada o no. ¿O será que, como en el caso de la viejecita, esperan los imprudentes reformadores sociales que se les desee larga vida? Pero, más pronto que tarde, la marcha de los acontecimientos suscita la necesidad de legitimar incluso el uso primario de la violencia. Llegará entonces la hora de intentar incursionar en el arte de gobernar; y será la prédica del futuro buen gobierno el bálsamo que se espera aquietará las dudas, vencerá las reticencias y dispondrá favorablemente las voluntades para que sobrelleven el que parece ser el programa de los pretendidos reformadores sociales autoritarios: “estamos mal, pero vamos bien y, sobre todo, llegaremos a mejor”. Esto sea dicho sin entrar a responder el por qué, y sin detenerse en detallar el cómo y menos aún en precisar el cuándo.

Un ejemplo claro de lo dicho, lo ofrece el camino recorrido por Simón Bolívar hasta culminar en el Congreso de Venezuela, instalado en Angostura el 15 de febrero de 1819. La ruta de la severidad trazada en el Manifiesto de Cartagena, el 15 de diciembre de 1812, luego de seguir un recorrido de creciente violencia que culminó con el juicio y ejecución del general Manuel Piar, el 16 de octubre de 1817, fue sublimada por una lección de buen gobierno recogida en el famoso Discurso, pronunciado en la instalación del Cuerpo legislativo.

La síntesis de la teoría del buen gobierno, allí expuesta, se halla en un pasaje sobradamente citado: “El sistema de gobierno más perfecto, es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”… Hecha la salvedad del exabrupto de un pintoresco jefe de Estado que leyó seguridad social como seguro social, -en vez de la sumatoria de libertad, igualdad, propiedad, garantizadas por el Estado de derecho-, el sentido del mensaje es claro y sus valores se hallan bien equilibrados. Pero no pueden menos que brotar dos preguntas: ¿En qué experiencia de gobierno fundaba Simón Bolívar esta sentencia? ¿Se correspondía esta invocación con la estela de violencia dejada por él en su ascenso hacia el poder máximo, en lo político y militar? Simón Bolívar dio pruebas reiteradas de que poseía una poderosa mente creadora, de manera que sonará a blasfemia, a quienes participan del culto que se le rinde, el sólo pensar que, en este caso, no estemos en presencia de una prueba de creatividad, menos aún de originalidad. No obstante, no es posible dejar de registrar la semejanza, aunque parcial, entre la sentencia bolivariana y algo del pensamiento del filósofo político y republicano británico Jeremías Bentham, -cuya obra declaró haber conocido, y bien sabemos del conocimiento decantado, y no siempre consciente, que dejan las lecturas provechosas-. quien no sólo enunció el principio del buen gobierno, sino que se ocupó de codificar los pasos que debían dar los pueblos para llegar a tan espléndida realización del porvenir, reconocido como un derecho inmanente a la condición de pueblos libres.

Pero faltaba lo fundamental, que consistía en las respuestas al cómo, de manera que la que parecía ser la quimera del buen gobierno se convirtiese en realidad. James Madison avanzó en esta dirección al proponer una fórmula del buen gobierno. La concibió como la conjugación de dos elementos, uno basado en la ética política y el otro consistente en el conocimiento. En El Federalista No. 62, publicado en 1787, ofreció su fórmula: “Un buen gobierno implica dos cosas: fidelidad al objetivo del gobierno, que es la felicidad del pueblo; y, segundo, conocimiento de los medios por los cuales ese objetivo puede ser alcanzado”… Sentada esta doctrina, su proponente no tardó en registrar las dificultades que encierra: …”Algunos gobiernos fallan en estas dos cualidades; pero la mayoría fallan en la primera”… Consciente de esta debilidad de los gobiernos, James Madison consideró que es un …”infortunado incidente de los gobiernos republicanos, aunque en menor grado que en otros gobiernos, que quienes lo administran pueden olvidar sus obligaciones para con sus representados y mostrarse desleales para con su importante confianza”… Bien estará que los gobernantes republicanos recuerden sus obligaciones, Pero, ¿cómo calificar la que en nuestros tiempos es denominada, eufemísticamente, agenda oculta? En todo tiempo, el ocultar intenciones tras promesas engañosas ha sido calificado de felonía; y los engaños terminan por generar un estado de la sociedad que autoriza a recordar lo dicho por Rómulo Betancourt el 28 de junio de 1941, refiriéndose a la politiquería en el Congreso, orquestada y dirigida por el Jefe del Poder Ejecutivo: …”nada pudre más a una nación como la permanente rencilla doméstica y como la irritación del pueblo contra gobiernos que se empecinan en cerrarle las puertas de la legalidad, provocándolos tácitamente a tomar por el atajo de la violencia.”

http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/5099474.asp

* Escuela de Historia, UCV. El Dr. Carrera Damas actualmente es profesor en el Doctorado en Ciencias Sociales (FaCES/UCV).

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