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FIRMAS DE FaCES

Crónica boliviana / Elsa Cardozo

Crónica boliviana / Elsa Cardozo

Al decir del presidente Evo Morales, Bolivia recibirá el próximo 14 de diciembre un especial "regalo de Navidad".

Se trata de una nueva Constitución prometida desde hace año y medio. Es un presente un poco extraño: por los resquemores que el desconocimiento de su contenido despierta en muchos bolivianos y, especialmente, por la forma como se va procesando su aprobación.

La constituyente fue un compromiso de campaña del líder sindical cocalero que se convirtió en el primer presidente indígena de Bolivia.

Llegó al poder en un período tumultuoso, de acelerado desgaste de liderazgos e instituciones, marcado por el desbordamiento social, muchas veces violento, de manifestaciones, marchas y cierre de caminos, con exigencias - que él mismo encabezó- de cambio constitucional y respecto a los regímenes de explotación del gas y de propiedad de la tierra.

El caso es que, tras ganar la presidencia en primera vuelta en diciembre de 2005, Morales tenía ante sí dos retos enormes que él había contribuido a acrecentar: devolver estabilidad al país y atender las desbordadas demandas de sus electores. Para lograrlo, tendría que haber desplegado una estrategia política que le permitiera introducir cambios profundos, ciertamente necesarios, y lidiar constructivamente con la oposición. Pero más pudieron su ímpetu confrontador y la temprana influencia y presencia del Presidente venezolano, con ideas, promesas y contante y sonante.

Al decretar, en mayo de 2006, la nacionalización de la industria de los hidrocarburos -desplantes a Petrobrás mediante, y asesores venezolanos presentes- lo hizo contando con la promesa de que Pdvsa se convertiría en un grande y eficiente socio para el manejo de esa industria y para el aprovechamiento de los yacimientos de gas. Otra medida de esos meses fue la convocatoria a la Asamblea Constituyente, elegida en julio e instalada en agosto, ya bajo la sombra de la pugna entre las tendencias autonómicas y los planes centralizadores de Morales y su partido, el Movimiento al Socialismo. La pugna devino en lucha y en destrucción de las posibilidades de acordar nada. La secuencia de presiones gubernamentales incluyó el cambio de las reglas de la convocatoria para favorecer al Gobierno, la conversión de la Asamblea en poder originario, la negativa a negociar con los intereses autonómicos y, a fin de cuentas, el atascamiento al punto que apenas hace una semana fue aprobado en primera discusión el índice del regalito: en el encierro de un recinto militar, sin asistencia de la oposición.

Morales, en lugar de gobernar para todos los bolivianos (lo que él mismo reclamaba a sus predecesores), se ha concentrado en maniobrar para imponer un programa que ignora -al menos- a la mitad de su país. Entre las últimas y muy reveladoras noticias: la reelección fue sacada del proyecto para someterla a consulta popular por separado. La ceguera propia y las malas influencias le impiden comprender al Presidente boliviano las grandes dimensiones de la crisis de Bolivia (que sigue siendo el país más pobre, a la vez que política, social y geográficamente más fragmentado de Suramérica) y la oportunidad de reconstrucción que ha dilapidado por utilizar el poder para polarizar, imponer y confrontar.

Terrible "regalito", muy envenenado, el que ya empezaron a recibir los bolivianos.

El Nacional, 09-12-07.

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